Poder político: cómo evitar la corrupción

Al hablar del poder político, actualmente, los ciudadanos tienen en mente una pregunta: ¿por qué hay corrupción en la esfera en la que no debiera haber? Es decir, ¿por qué el gobernante tiende a velar por sus propios intereses cuando administra una sociedad y no se preocupa de aquello que más beneficia a los componentes de la misma? Todo esto, a su vez, nos puede suscitar varias cuestiones: ¿el hombre –en este caso el político en cuestión– se pervierte al llegar al poder? ¿Es el ser humano por sí mismo, por naturaleza, depravado? Dependiendo de cómo respondamos, el papel que juegue la ética –al fin y al cabo, y desde mi punto de vista, la política tiene una relación estrecha con los valores morales– será uno u otro. A continuación me centraré en responder de forma afirmativa ambos interrogantes y en ver cómo se podría solucionar el problema que se plantea.

Por un lado, si ratificamos que el político se corrompe cuando llega al poder debemos hacer hincapié en la educación para superar esta preocupación. Hay que defender la enseñanza, desde la infancia, de determinados valores morales que imposibiliten que cuando alguien gobierna termine velando por sus propios intereses personales y no por el bien común de la ciudadanía. Algunos de esos preceptos deontológicos que guiarían el buen hacer del gobernante podrían ser la empatía, la solidaridad, la generosidad, la justicia o la honestidad. Si el gobernante violara algunos de estos principios perdería toda legitimidad para seguir desempeñando el cargo para el que ha sido elegido. La credibilidad en sus palabras y actos estarían en entredicho y, por tanto, no debería gobernar.

Por otro, si tenemos en cuenta la segunda pregunta y también asentimos en su respuesta, es decir, si defendemos que el hombre es depravado por naturaleza, está en nosotros mismos la herramienta para impedir esa perversión: la razón. A partir de ella el hombre puede tomar una serie de decisiones y crear una serie de valores –como, por ejemplo, los anteriores– para no caer en la tentación de centrarse solo en sí mismo. Estos principios permitirían al gobernante preocuparse por todos los ciudadanos –lo hayan votado o no– y dirigir la administración que esté a su cargo. Este instrumento ya fue tenido en cuenta por los filósofos antiguos, como Platón o Aristóteles, para dominar las pasiones y no sucumbir ante los derroteros del placer y la depravación, del propio lucro particular.

En ambos casos, si el político acaba corrompiéndose, la dimisión sería la acción más noble que el gobernante podría realizar para mantener su honestidad y no  perjudicar el acto político y la perdida de credibilidad entre los ciudadanos hacia la tarea que realiza su persona.

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