Propuestas y consejos para el 20-D

A continuación se encuentran una serie de propuestas y consejos de cara a las elecciones del próximo domingo basadas en mis lecturas más recientes.

La  justicia de la constitución no asegura la justicia de las leyes estatuidas bajo ella; y aunque a menudo tenemos tanto una obligación como un deber de observar lo legislado por la mayoría (en la medida en que ellos no sobrepase ciertos límites), no hay, por supuesto, una obligación o un deber correspondiente de considerar justo aquello que la mayoría estatuye. El derecho a hacer leyes no garantiza que la decisión se tomará rectamente; y aunque el ciudadano se someta en su conducta al juicio de la autoridad democrática, no somete su juicio a ella. Y si a su juicio lo establecido por la mayoría sobrepasa ciertos límites de injusticia, el ciudadano puede pensar en la desobediencia.

John Rawls, Justicia como equidad, p. 162.

El ciudadano es responsable de lo que hace. […] En una sociedad democrática cada cual tiene que actuar tal como cree que se lo exigen los principios de lo recto en materia política.

John Rawls, Op. Cit., p. 169.

Como solía decir Studs Terkel, el reputado especialista en historia oral: «La esperanza nunca ha venido de arriba, siempre ha surgido de la base».

Naomi Klein, No Logo, p. 18.

Yo creo que, antes de convertirnos en súbditos, debemos ser hombres y que es preferible cultivar el respeto por la justicia que por la ley. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. Suele decirse, y con razón, que una sociedad mercantil carece de conciencia, pero una sociedad formada por hombres concienciados es una sociedad con conciencia. La ley nunca hizo a los hombres ni un ápice más justos y, debido al respeto que les infunde, hasta los más benevolentes se convierten a diario en agentes de la injusticia.

Henry D. Thoreau, Desobediencia. Antología de ensayos políticos, p. 59.

Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución; es decir, el derecho a negar su lealtad al Gobierno y a oponerse a él cuando su tiranía o su ineficacia sean desmesuradas e intolerables.

Henry D. Thoreau, Op. Cit., p. 61.

Las votaciones son una especie de juego, como las damas o el backgammon, con un leve matiz moral, un jugar con lo justo y lo injusto, con las cuestiones morales, y, como es natural, conlleva apuestas. Lo que está en juego no es el carácter de los votantes. Yo deposito mi voto, tal vez, como pienso que es justo, pero en realidad no me va la vida en lo que lo justo prevalezca. Prefiero dejárselo a la mayoría. Su obligación, por tanto, nunca supera a la conveniencia. Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Es sólo expresar débilmente a los hombres nuestro deseo de que lo justo debería imponerse. Un hombre sabio no dejará lo justo a merced del azar ni deseará que triunfe gracias al poder de la mayoría.

Henry D. Thoreau, Op. Cit., p. 64.

[…], asegurémonos  de no convertirnos en el instrumento de la injusticia que condenamos.

Henry D. Thoreau, Op. Cit., p. 68.

La autoridad del Gobierno, incluso aquella a la que estoy dispuesto a someterme –pues de buena gana obedeceré a quienes saben y pueden hacerlo mejor que yo, y, en muchos aspectos, hasta a quienes no sepan ni puedan hacerlo tan bien–, sigue siendo impura: para ser estrictamente justa, ha de contar con la sanción y el consentimiento de los gobernados. No puede ejercer más derecho sobre mi persona y propiedades que el que yo le conceda. […] Nunca habrá un Estado realmente libre e ilustrado hasta que éste reconozca al individuo como un poder superior e independiente, del cual se derivan su propio poder y autoridad, y lo trate en consecuencia. Me complazco imaginando un Estado que por fin sea capaz de ser justo con todos los hombres y trate al individuo con respeto como vecino; que no considere incompatible con su propia tranquilidad que unos pocos vivan al margen de él, sin interferir en sus asuntos, pero tampoco acogiéndose a él, sino limitándose a cumplir con sus obligaciones como vecinos y compañeros. Un Estado que diera ese fruto y dejara que cayera tan pronto como estuviera maduro prepararía el camino para otro Estado aún más perfecto y glorioso, que también imagino, pero que todavía no he visto por ninguna parte.

Henry D. Thoreau, Op. Cit., p. 85.

[…] los hombres son tan ingenuos, y responden tanto a la necesidad del momento, que quien engaña siempre encuentra a alguien que se deja engañar.

Nicolás Maquiavelo, El príncipe, p. 126.

 La corrupción de cada Gobierno empieza casi siempre por la de sus principios.

Montesquieu, Del espíritu de las leyes.

El estado democrático es nada más y nada menos que la mayoría de sus ciudadanos, y ello significa que la cuestión de si nos conducimos moralmente o como monstruos se manifiesta en nuestro trato individual y, por encima de todo, en si exigimos del Estado un comportamiento moral o permitimos simplemente que se conduzca como un monstruo.

Ernst Tugendhat, Ética y política. Conferencias y Compromisos 1978-1991.

Una oposición que funcione como tal junto al poder; y, cuando sea necesario, frente a él, y una militancia política que, desde la base, responda al aparato y, cuando sea necesario, le «conteste», son piezas esenciales de la verdadera democracia.

José Luis López Aranguren, “El hombre y la política”, en Ética de la felicidad y otros lenguajes.

La vida humana, decíamos, es representación; mas la vida política actual es espectáculo de meras imágenes que, con ser nada más que eso, atraen, fascinan y generan un culto de la personalidad que, en realidad, es un culto de la imagen de la personalidad.

José Luis López Aranguren, Op. Cit.

[…] es una verdad eterna, humana y divina, que hay derechos humano inalienables y que la libertad de pensamiento es uno de ellos, que aquel en cuyas manos habíamos delegado nuestro poder para que protegiese nuestros derechos obra muy injustamente si se sirve de ese poder para oprimirlos, especialmente la libertad de pensamiento. […] La libertad de pensamiento, sin obstáculo ni restricciones, funda y consolida únicamente la prosperidad de los Estados.

Johann Gottlieb Fichte, Reivindicación de la libertad de pensamiento y otros escritos políticos.

La verdadera política no puede dar un paso sin haber antes rendido pleitesía a la moral, y, aunque la política es por sí misma un arte difícil, no lo es, en absoluto, la unión de la política con la moral, pues ésta corta el nudo que la política no puede solucionar cuando surgen discrepancias entre ambas.

Immanuel Kant, La paz perpetua.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s