¿Qué es feminismo?

¿Qué es feminismo?[1] [2]

Feminismo es un término al que a menudo tratamos como autoexplicativo; sin embargo, puede haber diferentes significados y connotaciones culturales de una sociedad a otra. Como otros «-ismos», feminismo se ha convertido en un término que evoca emociones fuertes y, con frecuencia, engendra miedo al cambio, encarnando asimismo la promesa de cambio; a menudo, ha sido usado de forma peyorativa, dando lugar a la respuesta, «No soy feminista, pero…». En los escenarios europeos, ha adquirido características históricas distintivas, presentando en particular una reevaluación positiva de lo «femenino» en relación a lo «masculino». Desde mediados del siglo XIX, su historia se entrelaza de formas complejas con la del liberalismo, nacionalismo y socialismo, así como con otras corrientes sociopolíticas innovadoras como el utopismo o el anarquismo. Se la asocia también estrechamente con el surgimiento de los Estados-nación, de los partidos políticos, de las causas filantrópicas y de las asociaciones de trabajadores. Con todo, las reivindicaciones feministas siempre han trazados senderos distintivos –y a menudo discrepantes– dentro de cada uno de esos escenarios.

Para abordar la historia del feminismo, es necesario, en primer lugar, establecer el campo de investigación. Se planea la cuestión: ¿Se puede escribir una historia del feminismo que preceda a la invención de estas palabras? ¿Podemos apropiarnos de este término de forma anacrónica para hablar sobre la emancipación de las mujeres más ampliamente, es decir, mucho antes de los años noventa del siglo XIX? La respuesta a esta cuestión debe ser –creo yo– «sí», pero una definición cuidadosa de los términos, fundada en la evidencia histórica, es una precondición que se requiere para una respuesta así. ¿Qué quiero decir entonces con «feminismo» para los objetivos de un estudio como este?

Mi propia definición, destilada a partir de pruebas históricas que comprender muchos siglos de historia europea, y en las que este libro se basa, es, en resumen, esta: feminismo es el nombre que se le da a una respuesta crítica integral a la subordinación deliberada y sistemática de las mujeres como grupo por parte de los hombres como grupo dentro de un escenario cultural dado[3]. Nótese que uso de forma deliberada la palabra «subordinación», no la palabra «opresión»; la subordinación puede identificarse históricamente a través del examen de leyes, instituciones, costumbres y prácticas, mientras que la opresión connota una respuesta psicológica altamente subjetiva. Puede apuntarse a muchos ejemplos de mujeres que no se sienten oprimidas pero que se encuentran incuestionablemente subordinadas en las leyes, instituciones y costumbres de sus culturas.

Dicho de  otro modo, puede decirse que el concepto de feminismo (considerado de forma histórica y comparativa) abarca tanto un sistema de ideas como un movimiento para el cambio sociopolítico basado en una denegación del privilegio masculino y de la subordinación de las mujeres dentro de una sociedad dada. Aborda los desequilibrios de poder entre los sexos que perjudican a las mujeres y los intentos de renegociarlos. El feminismo postula la noción de género o de la construcción sociocultural diferencial de la relación y los comportamientos de los sexos, basada en diferencias fisiológicas observadas, como su interés analítico central. De este modo, el feminismo suscita cuestiones que tienen que ver con la autonomía personal o con la libertad individual, pero siempre en relación con las cuestiones básicas de la organización social. En las sociedades occidentales, desde 1700, estas cuestiones se han centrado en el antiguo debate sobre la familia y su relación con el Estado, y por debajo de este debate, en la distribución históricamente desigual del poder político, social y económico entre los sexos. Las feministas oponen la subordinación de la mujer al hombre en la familia y la sociedad, junto con las exigencias de los hombres de definir lo que es mejor para las mujeres sin consultarlas; ellas desafían directamente el pensamiento patriarcal, la organización sociopolítica y los mecanismos de control. Ellas buscan destruir la jerarquía masculinista, pero no el dualismo sexual como tal.

De ello se desprende que el feminismo es necesariamente profremenino. No obstante, no se deduce que el feminismo sea antimasculino. Ni todas las mujeres son feministas ni todos los feministas son mujeres. De forma sorprendente, como veremos, hasta bien entrado el siglo XX, algunos de los más importantes defensores de la emancipación de las mujeres fueron hombres (aunque estos hayan constituido una pequeña minoría). El feminismo reivindica un reequilibrio entre mujeres y hombres del poder social, económico y político, dentro de una sociedad dada, en favor de ambos sexos, en el nombre de su humanidad común pero con respeto por sus diferencias. El desafío es fundamentalmente humanista y plantea cuestiones que tienen que ver con la libertad y la responsabilidad individuales así como con la responsabilidad colectiva de los individuos hacia los otros en la sociedad y con los modos de tratar a los otros. Aun así, el feminismo ha sido y sigue siendo hoy un desafío político a la autoridad y la jerarquía masculina en un sentido profundamente transformador. Como movimiento histórico en el mundo occidental, las suertes del feminismo han variado ampliamente de una sociedad a otra, dependiendo de las posibilidades disponibles, dentro de una sociedad dada, para la expresión del desacuerdo mediante la palabra o el acto. Una vez que se dan estas posibilidades, no obstante, los mensajes se transmiten con claridad; las técnicas deconstructivas tan queridas de los teóricos de la literatura posmodernos no se necesitan hoy para captar el significado.

En la historia del pensamiento feminista en las sociedades europeas, pueden identificarse dos líneas de argumentación amplias aunque distintas, a las que he denominado relacional e individualista. Los argumentos en el modo feminista relacional han propuesto una visión de la organización socio-sexual basada en el género pero igualitaria. Ellos presentan la primacía de una pareja entre iguales, no jerárquica y masculino-femenina como unidad de base de la sociedad, mientras que los argumentos individualistas postulan al individuo, sin tener en cuenta el sexo o el género, como la unidad básica.

Las feministas relacionales enfatizan los derechos de las mujeres como mujeres (definidas principalmente por su capacidad para criar niños y/o educarlos) en relación a los hombres. Ellas insisten en las contribuciones distintivas de las mujeres en estos roles a la sociedad más amplia y reclaman el bien común económico sobre la base de estas contribuciones. Insisten y valoran, en otras palabras, «lo femenino» o «la feminidad», aunque estos términos puedan estar configurados culturalmente. Ellas apelan a la autonomía de las mujeres como individuos, pero siempre a la autonomía como individuos femeninos encarnados.

Por contraste, la tradición de argumentación feminista individualista enfatiza conceptos más abstractos de derechos humanos individuales y celebra la búsqueda de la independencia personal (o la autonomía) en todos los aspectos de la vida, mientras quita importancia, desprecia o rechaza como insignificantes todos los papeles definidos socialmente y minimiza la discusión de las cualidades o las contribuciones vinculadas al sexo, incluida la crianza de los niños y sus responsabilidades de asistencia. El énfasis en esta tradición recae sobre un individuo que, en cierto sentido, trasciende la identificación sexual que es efectivamente incorpóreo, más allá del género.

Estos dos modos de razonamiento, no obstante, no son siempre analíticamente tan distintos como sugiere esta descripción. Los caminos en los que ellos se entrelazan e interactúan en situaciones históricas específicas son complejos y requieren un análisis ulterior. Basta con decir que, en los siglos anteriores, las pruebas de estos dos modos pueden a menudo localizarse en las palabras de un solo individuo, como Mary Wollstonecraft, o entre miembros de un grupo particular. Cualquier discusión exhaustiva del feminismo deberá, por tanto, abarcar a estas dos tradiciones argumentativas, dar cuenta de las formas en que ellas apuntan a resultados sociales muy diferentes, y examinar las tensiones entre ellas en contextos particulares.

El feminismo puede verse históricamente, por derecho propio, como un sistema de pensamiento crítico en rápido desarrollo. Como tal, el feminismo incorpora un amplio espectro de ideas y posee un alcance internacional, un alcance cuyas fases de desarrollo han dependido históricamente del discurso político e intelectual centra en el hombre y en tensión con él, pero cuyas más recientes manifestaciones trascienden a este último. El feminismo ha de ser visto no intrínsecamente como un subconjunto de ninguna otra ideología religiosa o secular occidental, sea cristiana católica o protestante, judía, liberal, socialista, humanista o marxista (aunque históricamente, dentro de cada una de estas tradiciones, ha emergido una crítica feminista planteando inicialmente la cuestión: «¿Y qué pasa con las mujeres?». Para comprender completamente el alcance histórico y las posibilidades del feminismo, no obstante, habrá que situar los orígenes y el crecimiento de su crítica dentro de una diversidad de tradiciones culturales e ideológicas. No sería apropiado postular un modelo hegemónico para su desarrollo sobre la experiencia de una sola tradición nacional, cultural o sociolingüística, a menos que puedan mostrarse pruebas que demuestran la influencia de ese modelo más allá de los límites de la cultura que lo inició. Históricamente hablando, puede haber –y ha habido– una multitud de feminismos, algunos de los cuales han tenido más capacidad de aguante e influencia a más largo plazo que otros.


[1] Extraído de OFFEN, Karen. Feminismos europeos 1700-1950. Una historia política. Madrid: Akal, 2015, pp. 54-58.

[2] He optado por omitir las notas a pie de página de la propia autora.

[3] Los textos resaltados en negrita son por consideración propia.

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