Ética y democracia: Búsqueda de un lenguaje común para la dignidad humana

Introducción

En un mundo globalizado como el actual, en el que vivimos, hace falta una ética global que haga de la vida humana una existencia digna. Esto es lo que defiende en términos generales la filósofa española Amelia Valcárcel en su libro Ética para un mundo global. Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo. A través de las siguientes páginas se muestra este planteamiento y se explica en qué consiste. Para ello, la exposición se centra, fundamentalmente, en los argumentos recogidos en dos capítulos: “II. Derechos Humanos: la tabla de mínimos” y “III. Moral y cultura de la democracia o la democracia como pedagogía”. Además, se realizan numerosas referencias a otras obras de la propia autora y de otros filósofos para completar el contenido.

Para Valcárcel términos como el de “tolerancia” o el de “compasión” serán fundamentales a la hora de desarrollar su argumento que girará, principalmente, en torno a la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la defensa de una sociedad democrática. Nos encontraremos respuestas a preguntas como, por ejemplo, ¿por qué es necesario una ética global? ¿Por qué la democracia garantizaría una ética global? ¿Qué es para la autora una democracia? Todas ellas permitirán al lector acercarse al objetivo de la exposición: ver la ética y la democracia como un lenguaje común que garantice la dignidad humana.

Amelia Valcárcel: una filósofa de su época[1]

Amelia Valcárcel Bernaldo de Quirós nació en 1950, un año más tarde de que Simone de Beauvoir publicara El segundo sexo y la ONU difundiera, tras su aprobación en 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos[2]. Realizó los estudios primarios en numerosos colegios religiosos, pero no es hasta la adolescencia, estudiando ya en centros públicos, cuando se siente verdaderamente libre y confortable con el sistema educativo. Es en esa época cuando empieza a luchar contra la dictadura franquista militando en el PCE. Posteriormente estudia Filosofía en la Universidad de Oviedo pero obtiene la especialidad en Valencia.

Rosalía Romero la define como “una mujer de su tiempo; esta afirmación –prosigue– no puede decirse de todo filósofo y filósofa. Ella misma advierte que si los textos filosóficos del siglo XX sobrevivieran a una catástrofe genocida, gran parte de ellos serían de difícil ubicación para las clasificaciones cronológicas de la posteridad. Valcárcel interroga a su presente, dialoga con su contemporaneidad, critica y se posiciona política y filosóficamente”[3]. A partir de lo anterior se puede decir que las líneas principales de su planteamiento se centran en la Modernidad y la época contemporánea, y en la defensa de un feminismo de la igualdad partiendo de una crítica a las éticas heterónomas y a los privilegios que tiene el colectivo masculino sobre el femenino.

Actualmente enseña en la UNED pero anteriormente fue catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Oviedo. Además de su carrera académica tiene un largo recorrido político e institucional: fue Consejera de Educación y Cultura del Gobierno de Asturias (1993-1995), desde el 2006 es miembro del Consejo de Estado, es vicepresidenta del Real Patronato del Museo del Prado, vocal del Real Patronato de la Biblioteca Nacional, entre otros.

La obra de Amelia Valcárcel[4]

La obra de la autora

La obra de Valcárcel, tal y como recoge Rosalía Romero, tiene dos ejes principales, a saber:

  1. La crítica a la cultura sesentaiochista que busca un nuevo sujeto revolucionario de espaldas al poder, que en su versión feminista argumenta que este sujeto han de ser las mujeres manteniendo sus formas genéricas; y
  2. La admisión de éticas materiales provisionales, aunque sin renunciar a la ética kantiana: es más, el cumplimiento feminista del imperativo categórico kantiano necesita provisionalmente de contenidos.[5]

A partir de estos dos planteamientos desarrollará una filosofía que se refleja en las numerosas obras divulgadas: libros, artículos, colaboraciones en obras colectivas, etc. El primer libro que publicó, ya había escrito en numerosas revistas durante su etapa estudiantil como Asturias semanal, fue su tesis doctoral sobre Hegel que lleva por título Hegel y la ética. Sobre la superación de la mera moral[6]. ¿Por qué este autor? La propia autora reconoce en un programa de televisión[7] que Hegel –y concretamente la Fenomenología del Espíritu– es su autor de cabecera desde que empezara sus estudios filosóficos. Aun así, llega a afirmar que no es uno de sus autores preferidos –lo critica en algunos aspectos por su planteamiento misógino–, sino que entre sus predilectos destacan Hume o los ilustrados.

Desde entonces, ha publicado 9 libros, el último La memoria y el perdón (2010). En todos ellos muestra un planteamiento, sobre todo, ético y feminista donde defiende la igualdad entre ambos géneros. Algunos otros títulos son Feminismo en el mundo global (2008), Ética para un mundo global (2002), Rebeldes (2000), Ética contra estética (1998) o Sexo y filosofía: sobre mujer y poder (1991). A su vez, numerosos de los planteamientos recogidos en sus publicaciones son ampliados en diferentes artículos divulgados en revistas filosóficas de gran prestigio como Isegoría o Leviatán, entre otras. También ha sido editora de numerosas obras, entre las que se podrían destacar: Tras la virtud, de MacIntyre, obra de la que es la traductora; El concepto de igualdad, de la Fundación Pablo Iglesias; o, Pensadoras del siglo XX, realizada junto a Rosalía Romero Pérez para el Instituto Andaluz de la Mujer.

Ética para un mundo global en relación con su obra

Es indiscutible que Valcárcel es una filósofa a la que le gusta pensar el presente. En Una ética para un mundo global intenta contestar a una serie de preguntas que hagan posible una ética global en un mundo hiperconectado donde impera el multiculturalismo. Tal como se recoge en la obra, pretende encontrar un nuevo lenguaje de la dignidad basado en cuatro puntos capitales, a saber:

  1. Permitirnos poner en el lugar del otro.
  2. Sentir compasión.
  3. Llama nosotros a quienes eran ellos.
  4. Respetar y ser respetados.

En relación con esta obra, la autora, unos años más tarde de su publicación, impartió las XV Conferencias Aranguren de Filosofía con el título “Vindicación del humanismo”. En estas ponencias recoge muchos de los temas planteados en el libro partiendo de la época en la que vivimos donde hay diversas culturas y, aparentemente, no hay fronteras: “nuestro mundo está inmerso en un acelerado proceso de globalización. El planeta se encuentra ahora envuelto por un velo de mensajes, datos y palabras”[8], que permiten encontrarnos numerosas formas de enfrentarnos a lo que nos rodea.

De temática parecida, en la bibliografía de Valcárcel nos encontramos otras obras como Ética contra Estética donde la autora, a pesar de la diferencia existente entre ambos planteamientos –estético y ético – intenta plasmar las convergencias y divergencias que puede haber entre ambas con el objetivo de mostrar que las dos “pretenden dar cuenta de «la talla de la humanidad»”[9]. Y es este, también, la finalidad que pretende encontrar en Ética para un mundo global si nos atenemos al subtítulo del libro: “Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo”.

Estructura y temática general de Ética para un mundo global

La obra está compuesta por un prólogo, ocho capítulos y un epílogo. Dentro de los numerosos apartados, podemos encontrarnos con distintos puntos que permiten al lector seguir de una manera más amena la exposición de la autora. A su vez, hallamos una clara vinculación entre unas secciones y otras.

La temática central consiste en encontrar una ética para un mundo, el actual, que se encuentra globalizado y donde podemos encontrar multitud de culturas. Para ello se hace dos preguntas: “¿Tenemos la ética que necesitan los tiempos presentes? ¿Una ética universal para un mundo global?”[10]. Esto nos podría suscitar a su vez otra cuestión: ¿por qué una ética? Porque la ética es “el discurso capaz de validar la innovación moral, el cambio de valores, normas y costumbres heredadas”[11], es decir, es una “reflexión que solo surge en determinados periodos históricos cuando, precisamente, amenaza el relativismo”[12]. La ética es una serie de “pensamientos abstractos que intentan poner en orden el campo sumamente complejo de las morales existentes”[13].

En un mundo globalizado donde el conocimiento se transfiere fugazmente, “queremos principios, normas de normas, que sean fáciles de enunciar y fáciles de defender, que tengan pocas o ninguna excepción, que quepa usar con seguridad. (…). Y los queremos porque los necesitamos”[14]. Esto es lo que, en términos generales, podemos encontrarnos en la obra: un lenguaje basado en el principio de tolerancia que, partiendo de la Declaración Universal de Derechos Humanos, nos permita convivir democráticamente en la sociedad actual.

Exposición y análisis

El punto de partida: la tolerancia

En el “Prólogo” de la obra nos encontramos el punto de partida de todo el planteamiento ético de Valcárcel, a saber: el principio de tolerancia. Ésta, según la propia autora, “permite la convivencia política y afina las relaciones individuales”[15]. En un mundo globalizado, donde la cultura tiene numerosas manifestaciones, el respeto dentro de esa pluralidad es el único garante de la paz que aleje a todo tipo de fanatismo del intento de imponer sus creencias y valores al resto de la sociedad. Es la condescendencia el principal valor de una ética integral que garantice que “cada grupo humano, porque es humano, tiene derecho al respeto y a la integridad, pero no cada una de sus normas o prácticas”[16]. Es decir, hay que respetar las diferencias existentes entre los distintos grupos, pero partiendo del hecho de que todas aquellas normas o prácticas que atenten contra la dignidad humana del otro tienen que estar erradicadas, prohibidas. La honorabilidad de cualquier persona es el límite que no se puede traspasar.

Solo hay cabida para un nosotros universal donde todos los individuos sean iguales, con los mismos derechos a pesar de sus aparentes diferencias en cuanto a nacionalidad, idioma, religión, raza, sexo, etc. Es la ética, como se ha visto anteriormente, la única capacitada para garantizar las leyes universales que promuevan una comunidad internacional donde convivan los diferentes seres humanos que pueblan la Tierra[17]. Pero, ¿cómo se puede llegar a esa igualdad en un mundo global?

Lo que nos iguala es una medida abstracta, la común de la humanidad que compartimos, y sus creaciones valorativas, de las cuales una, la dignidad humana, es la fundamental.[18]

Partimos de la tolerancia para respetar, para alcanzar, la dignidad humana. Es el objetivo final de todo el planteamiento expuesto y que tiene, como veremos a continuación, su fundamento en la Declaración Universal de Derechos Humanos; concretamente, en el art. 1 de ésta nos encontramos que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos (…)”.

La Declaración Universal de Derechos Humanos como una tabla de mínimos que garantice la dignidad humana

Dignidad humana: el objetivo de una ética global donde todos los integrantes, a pesar de su multiculturalismo[19], se respeten entre sí. Ya Kant enunció en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres tres formas de imperativo que pretendían defender la dignidad humana –la propia y la de los demás–, a saber:

  • Imperativo categórico: “obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal”[20].
  • Imperativo universal del deber: “obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza”[21].
  • Imperativo práctico: “obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como fin en sí mismo y nunca simplemente como un medio”[22].

Sin embargo, Valcárcel, aunque tiene en estima las éticas autónomas –como la kantiana– frente a las heterónomas, parte de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ésta es la tabla de mínimos que todo ser humano debería tener en cuenta para alcanzar una paz común que nos permita vivir en este mundo –el actual, el nuestro– inmerso en un gran proceso globalizador. Estos principios nacieron después de una época donde las dos grandes guerras produjeron todo tipo de calamidades impensables en una etapa anterior[23]. Defiende, por tanto, partir del pasado para asentarse en el presente y mirar al futuro.

La Ilustración asentó las primeras bases que posibilitaron que en 1948, concretamente el 10 de diciembre, se ratificaran los diferentes artículos que componen la Declaración. Ya Kant defendió una paz perpetua entre todos los Estados pero para lograrlo “deberíamos llegar a ciertos acuerdos elementales, morales y políticos”[24], para después instaurarlos; esto es lo que se consiguió tres años más tarde tras la finalización de la II Guerra Mundial:

La paz, dice Kant, es un sueño de los filósofos (…). No es un estado de naturaleza, sino que debe ser instaurada. Se necesitan para respaldarla leyes permisivas de valor universal.[25]

Los Derechos Humanos son esas leyes de carácter universal que posibilitan la igualdad dentro de la diferencia, que son vistas como una tabla de mínimos que acaban con “las múltiples formas de injusticia y violencia que se producen en el planeta”[26]. Sin embargo, tal como reconoce la autora, “podemos ver que en realidad algunas prácticas todavía bien presentes en el planeta Tierra pueden hacerla aparecer como de máximos que casi nadie alcanza. No obstante, juntos –todos los artículos de la Declaración– constituyen una buena versión de lo que hemos trabajosamente llegado a considerar la imagen de una vida humana digna”[27].

Pero, ¿por qué vemos esta tabla de mínimos como una de máximos? Sin duda alguna, cuando leemos los 30 artículos que componen la Declaración, nos damos cuenta que lo que proclaman, a pesar de que en el “Preámbulo” se expone que todos ellos se deben garantizar mediante el Derecho, no se cumple en su totalidad. Por ejemplo, en el punto 2 del art. 23 se recoge que “toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual”, pero esto en realidad no es así a pesar de los numerosos intentos que se promueven como pueden ser los convenios colectivos firmados entre los representantes sindicales de los trabajadores y los representantes patronales de las empresas. Además, en el punto 3 del mismo artículo se recoge que “toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social”, y, sin embargo, muchas remuneraciones no permiten satisfacer adecuadamente las necesidades de la persona ni de la familia.

Más adelante, en el art. 25 se expone que “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad”, pero en las sociedades actuales son multitud las personas que no tienen, por ejemplo, una alimentación adecuada ni una vivienda, que no cuentan con un subsidio acorde a sus necesidades.

En nuestra mano está recuperar, de una vez por todas, los Derechos Humanos como la tabla de mínimos que es y no verla como una de máximos que, hoy por hoy, en un mundo globalizado donde prima la economía, parecen “inalcanzables”.

Hablamos de derechos, pero en una ética también hay que nombrar los deberes, y Valcárcel no se olvida de este punto. Basándose en un planteamiento de otra filósofa española, Victoria Camps, recoge que los mismos derechos exigen una formulación negativa[28], a la vez que una expresión en forma de deber. Es decir, “todo individuo, pero también todo cuerpo público o corporación, tiene el deber de respetar y hacer valer la tabla íntegra de los derechos contenidos en la declaración, así como el de no vulnerarlo mediante el tipo de prácticas que la enunciación de tales derechos considera antihumanas y criminales”[29]. Concretamente, en el art. 29 de la Declaración nos encontramos que “toda persona tiene deberes respecto a la comunidad”, solo en una el ciudadano puede obtener sus derechos y garantizar que los demás también los tengan.

Es aquí donde podemos recuperar de nuevo el imperativo kantiano expuesto más arriba que dignificaría la vida humana en este mundo. La ética autónoma kantiana nos aporta las herramientas necesarias que nos permite respetarnos a nosotros mismos y a los demás y nos ayuda a la hora de garantizar la tabla de mínimos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Derechos y deberes. Una ética global que nos permite convivir en un mundo donde, como se ha visto, existen multitud de culturas. Un multiculturalismo lleno de diferencias, todas ellas amparadas en términos de igualdad y respeto, no impuestas unas sobre otras, es lo que nos proporciona la Declaración Universal de Derechos Humanos, tal como se recoge en el siguiente fragmento:

La igualdad viene dada por los derechos individuales que constan en la Declaración y que, tras más de cincuenta años, muchos Estados han ubicado en sus constituciones.[30]

Teniendo una ética –unos derechos y sus correspondientes deberes– podemos caminar hacia el objetivo que se recogió en el primer punto: la dignidad humana. Pero, sin embargo, podemos plantearnos una cuestión a mayores: ¿dónde se dan las condiciones apropiadas para llevar a cabo este objetivo? Es decir, ¿en qué tipo de sociedad nos encontramos las características idóneas para establecer una ética basada, principalmente, en la tolerancia y el respeto a la igualdad que dignifiquen la vida humana? Para Valcárcel solo existe una sola respuesta: en una sociedad democrática.

Democracia: donde la ética global puede ser una realidad

Frente a otras formas de gobierno, Valcárcel defiende que la democracia es la única capaz de establecer las condiciones idóneas para que se dé una ética que defienda la dignidad humana.

(…), la democracia es la mayor y mejor muestra de ética que hayamos tenido nunca. Es exigente y universalista. Tiende a fijarnos en la noción de derechos y a la vez en hacer argumentable todo el sistema de deberes. (…). La democracia enseña sobre todo a pactar y por ello deflacta per se la violencia (…).[31]

Solo una sociedad democrática puede garantizar el cumplimiento de los mínimos que se recogen en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Solo una ética puede “ayudar a construir una democracia más auténtica”[32], es decir, tanto una como la otra se retroalimenten entre sí para dignificar la vida humana. No existe ética sin democracia, ni democracia sin ética. Ambas son los pilares fundamentales que permiten convivir en un mundo globalizado donde nos encontramos multitud de culturas. Pero, ¿qué es para Valcárcel una democracia? ¿Qué es lo característico de ella?

(…) una democracia es una sociedad política que garantiza la paz interna, asegura la libertad individual, se rige por la regla de mayorías, posee una tabla de mínimos de bien común y se funda en un conjunto de valores que significa con las prácticas y ritos adecuados.[33]

En una sociedad democrática se establecen esos mínimos comunes a todos que garanticen la dignidad humana, que en nuestro caso se basarían en los Derechos Humanos. Esos valores se recogen en las diferentes constituciones que cada Estado ha proclamado y que en numerosos de los casos están basados en los artículos recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sin embargo, actualmente hay muchas sociedades que no son democráticas y que, por tanto, carecen de esta tabla de mínimos. La pregunta que se podría extraer de todo esto es ¿por qué en algunas sociedades se instauró una democracia y en otras muchas no?

Según Valcárcel para que haya democracia tiene que haber “un contrato en el que cada uno renuncia a algo y obtiene algo. Renuncia, primariamente, a su capacidad de violencia y obtiene la paz común”[34]. Después de que el siglo XX fuera testigo de dos de las matanzas más sangrientas de la historia, y una vez finalizada la II Guerra Mundial, muchos de los países implicados ratificaron los Derechos Humanos y se propusieron conseguir una sociedad democrática que se asentara sobre esos pilares básicos. Otros países, como España, tardaron muchos más años en llegar a ese proceso democrático, pero lo lograron. En cambio, muchos países aún no han alcanzado el pleno de derechos y deberes que garantice una comunidad democrática. ¿Cuál podría ser el motivo?

Seguramente el horror vivido tras la devastación provocada por la II Guerra Mundial tenga mucho que ver. La Declaración establece la serie de mínimos que garantice esa dignidad humana que fue pisoteada, por unos y por otros, en la contienda. Eso no podía volver a pasar, y los países afectados emprendieron el camino correcto. En cambio, muchos que no estuvieron implicados directamente tardaron mucho más en tomar ese sendero de derechos y deberes, de libertad. Quizá el terror, la masacre, hiciera abrir los ojos a los dirigentes políticos; quizá las voces del pueblo hundido, acribillado por la guerra, tuvieron algo que ver a la hora de que se hiciera todo lo posible para evitar que en futuro ocurriera algo semejante. Se establecieron unos contratos donde todos cedían algo para obtener la tan ansiada paz perpetua kantiana –aunque nunca se haya alcanzado por completo.

Quizá la respuesta a la pregunta de por qué unos países son democráticos y otros no esté en el hecho de que no se ha producido una gran hecatombe que produzca un cambio en la forma de pensar de los ciudadanos, que termine con el statu quo. Un fiel reflejo de la necesidad de un gran acontecimiento que provocaría el paso de un estado no democrático a uno que sí lo sea podría ejemplificarse, en un contexto actual, con las numerosas revueltas árabes –conocidas como “Primavera Árabe”– que depusieron a numerosos dictadores en el continente africano y que provocaron que la sociedad virara en sentido opuesto al establecido para lograr una forma de estado democrático. Tal vez sean los episodios dramáticos los que nos hagan abrir los ojos y buscar aquel consenso que nos permita vivir dignamente.

Pero, una vez establecido la democracia, ¿cómo podemos mantenerla? ¿Qué hay que hacer para no cometer los errores que atenten contra la dignidad humana? Para Valcárcel solo existe una solución: educar. La educación en una sociedad democrática es la herramienta idónea para defender esa forma de estado ideal y establecer esa ética que ampare la honorabilidad de cada ciudadano que forme parte del Estado.

La educación y la compasión como herramientas fundamentales para la democracia

La educación, para Valcárcel, supone un pilar fundamental en la defensa y mantenimiento de una democracia. Es la garante de que los ciudadanos convivan bajo esa forma de gobierno establecida por un contrato de común acuerdo que se ampara en unos derechos y deberes que todo habitante debe tener en cuenta y cumplir. La pregunta que se puede formular es ¿cómo se debe educar?

Valcárcel expone que “en ocasiones la democracia no sólo nos enseña el qué, sino también el cómo. El sentido moral de la democracia, no sólo su tabla de derechos y deberes, será necesario también. Convendrá una ciudadanía educada no sólo en la defensa de sus derechos sino también en la ayuda. Y el metro de justicia que la democracia enseña no incluye, por ahora, lo que es supernumerario, lo voluntario”[35]. Hay que ir más allá en la educación, no solo enseñar qué supone una democracia, sino cómo podemos seguir manteniéndola y mejorándola, defendiéndola. Predicar esa ética común a todos que dignifique, de una vez por todas, la vida humana.

La solución, simple a primera vista, es educar a la ciudadanía, pero no solo en la tabla de mínimos, sino también en la compasión, en el voluntariado. Es un deber que todo ciudadano tendría que cumplir por el simple hecho de serlo, pues para la autora “sentirse ciudadana y ciudadano implica la ayuda, la cooperación, dentro y fuera de las fronteras nacionales. (…). La compasión es el fundamento sentimental de la ética. Si no te sabes poner en el lugar del otro o no sientes que le estimas sufriente no puedes hacer algo, siquiera sea de modo mecánico”[36]. Solo instruyendo en la compasión podemos obtener una mejor ciudadanía democrática, un mundo más justo.

Es decir, solo a través de la educación basada en principios como la tolerancia –recogido en el apartado 1 de este bloque– o la compasión, y en la tabla de mínimos que forma la Declaración Universal de Derechos Humanos, se podría mantener una verdadera sociedad democrática donde la dignidad humana no sea atacada, sino respetada y defendida.

Una ética global que garantice la dignidad humana, ¿utopía o realidad?

A partir de todo el planteamiento expuesto anteriormente en el que la autora pretende encontrar una ética común para un mundo globalizado y multicultural donde prime la dignidad humana, donde no se atente contra ella; podemos plantearnos una cuestión, ¿es posible, en nuestros días, una ética universal o es, más bien, una utopía incapaz de realizarse?

Es cierto que, al menos en el mundo conocido como “occidental”, la mayoría de países cuentan con una sociedad democrática donde existen una serie de derechos y deberes recogidos en sus correspondientes constituciones. Sin embargo, y aquí vuelve a surgir el tema de los máximos expuestos anteriormente, hay multitud de casos que mostrarían que a pesar de ser Estados democráticos no cumplen con ciertos principios. Esto podría plantearnos serias dudas en el logro de una ética global. La autora lo sabe, pero no ceja en su empeño y afirma que se han dado algunos pasos para ello como es el caso concreto de la Declaración Universal de Derechos Humanos ratificada por la gran mayoría de países o la instauración de la Corte Penal Internacional en La Haya.

Bien podría tacharse su postura de utópica en un mundo como el actual, pero hay evidencias, como las anteriores, que nos permiten ser optimistas para lograr ese objetivo de una ética global que nos garantice a todos una vida humana digna. Solo hace falta que las sociedades llenas de infinidad de culturas diferentes entre sí, a través de la educación, enseñen a los ciudadanos cómo deben afrontar el presente para alcanzar un futuro mejor. Esto sí es posible, a través de la enseñanza de valores como la tolerancia o la compasión y la difusión de los Derechos Humanos como la tabla de mínimos que es y no de máximos. Todo esto viene bien explícito en el siguiente fragmento:

Ante la perspectiva de una comunidad multicultural hay que prever dos principios: ninguna merma de derechos para aquellos que sean aceptados, esto es, aplicación del principio de igualdad; y tolerancia hacia sus rasgos diferenciales, que se traduce en aplicación moderna y afinada de la idea de libertad. No obstante, y porque cada vez nuestra experiencia de la aplicación de los principios de toda sociedad democrática es más aguda, debe tenerse en cuenta una regla fundamental: ningún multiculturalismo sin una tabla de mínimos; ninguna diferencia que no respete los derechos individuales; aceptación por todos de los principios y las prácticas constitucionales que los encarnen; incorporación por parte de todos de la Declaración Universal de Derechos Humanos. «Ciudadanía sin exclusiones», un enunciado que hay que mantener con vigilancia y civismo, implica la existencia de ciudadanos y ciudadanas que no se excluyen, ni excluyen a otros, de las garantías, derechos y deberes comunes. Esto, el ser iguales en su posesión y reclamación, es el mayor bien que nos ha sido legado por las generaciones que conocieron un mundo bastante más voraz y calamitoso.[37]

Conclusiones

A lo largo de las páginas precedentes nos hemos podido acercar a la filosofía de la ética española Amelia Valcárcel y ver una parte de su pensamiento moral. Concretamente, se ha podido observar que es una autora que aborda y reflexiona el presente, el mundo actual en el que vivimos. Se enfrenta a los grandes problemas que nos acechan cada día.

En un mundo globalizado nos encontramos con multitud de culturas existentes y es bajo estas circunstancias cuando se tiene que defender una ética que se asiente en principios como el de la tolerancia o la compasión y que difunda la Declaración Universal de Derechos Humanos como la tabla de mínimos que toda sociedad debe tener presente y hacer suya, respetarla y defenderla para que todos los integrantes que componen la sociedad vivan dignamente.

Valcárcel también expone que solo en una sociedad democrática pueden darse las garantías que harían posible una ética global. Es decir, para que pueda haber una ética común a toda la humanidad, todos los Estados deberían ser democráticos y recoger en sus constituciones los derechos y deberes que garanticen la dignidad humana. Ésta solo se consigue cuando ética y democracia se retroalimentan mutuamente, y cuando la educación enseña a la ciudadanía cómo debe afrontar el presente y encarar el futuro.

Bibliografía

Fuentes primarias

CORTINA, Adela. ¿Para qué sirve realmente la ética? Barcelona: Paidós, 2013, 184 páginas.

KANT, Immanuel; Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Tecnos, 2005 (reimpresión 2009), 264 páginas.

Pienso, luego existo [en línea] «http://www.rtve.es/alacarta/videos/pienso-luego-existo».

ROMERO PÉREZ, Rosalía; Amelia Valcárcel (1949). Madrid: Ediciones del Orto, 2003, 94 páginas.

VALCÁRCEL, Amelia; “Vindicación del humanismo. (XV Conferencias Aranguren)”, Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, nº 36, enero-junio, 2007, páginas 7-61.

VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Madrid: Temas de Hoy, 2002, 264 páginas. Página 18.

Web personal de la autora [en línea] «http://ameliavalcarcel.es/».

Fuentes secundarias

“Dialnet” [en línea] de la Universidad de la Rioja «http://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=5159».

MasLibertad [en línea] «http://www.maslibertad.com/Mas-Libertad-Derecho-Positivo-y-Derecho-Negativo_p302.html».

Notas

[1] Extraído de la web personal de la autora «http://ameliavalcarcel.es/» y de ROMERO PÉREZ, Rosalía; Amelia Valcárcel (1949). Madrid: Ediciones del Orto, 2003, 94 páginas.

[2] Tanto El segundo sexo como la Declaración Universal de los Derechos Humanos están muy presentes en su obra filosófica. El primero en su planteamiento feminista tal como recoge Rosalía Romero en Amelia Valcárcel (1949); mientras que, el segundo, está citado numerosas veces en la obra Ética para un mundo global y en otros escritos de la autora.

[3] ROMERO PÉREZ, Rosalía. Op. Cit. Página 16.

[4] Información extraída de la web personal de la autora «http://ameliavalcarcel.es/», de la plataforma “Dialnet” de la Universidad de la Rioja, de la obra de ROMERO PÉREZ, Rosalía (Op. Cit.), y del programa televisivo Pienso, luego existo correspondiente al capítulo “Amelia Valcárcel” «http://www.rtve.es/alacarta/videos/pienso-luego-existo/pienso-luego-existo-amelia-valcarcel/1242494/».

[5] ROMERO PÉREZ, Rosalía. Op. Cit. Página 17.

[6] Esta obra fue finalista del Premio Nacional de Ensayo de 1987 que ganó José Luis López Aranguren.

[7] Extraído del programa televisivo Pienso, luego existo (Op. Cit.).

[8] VALCÁRCEL, Amelia; “Vindicación del humanismo. (XV Conferencias Aranguren)” en Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, nº 36, enero-junio, 2007, páginas 7-61.

[9] Extraído de la web personal de la autora «http://ameliavalcarcel.es/».

[10] VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Madrid: Temas de Hoy, 2002, 264 páginas. Página 18.

[11] Ibíd. Página 20.

[12] Extraído del programa televisivo Pienso, luego existo (Op. cit.). Minuto 11:20.

[13] Ibíd. Minuto 12:10.

[14] VALCÁRCEL, Amelia; “Vindicación del humanismo. (XV Conferencias Aranguren)”. Op. Cit. Páginas 14-15.

[15] VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Op. Cit. Página 16.

[16] Ibíd. Página 20.

[17] Ibíd. Página 30.

[18] Ibíd. Página 46.

[19] La autora critica los universalismos, a los que tacha de falsos ya que toman la parte por el todo, es decir, no respetan las diferencias (p. 43). Defiende un multiculturalismo frente al universalismo, donde hay cabida para las desemejanzas entre grupos dispares que no intentan imponer a los demás sus creencias, valores, etc.

[20] KANT, Immanuel; Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Madrid: Tecnos, 2005 (reimpresión 2009), 264 páginas. Página 106.

[21] Ibíd. Página 107.

[22] Ibíd. Página 117.

[23] VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Op. Cit. Página 49.

[24] Ibíd. Página 50.

[25] Ibíd. Páginas 50-51.

[26] Ibíd. Página 66.

[27] Ibíd. Página 67.

[28] El Derecho Positivo es aquél que para ser satisfecho requiere una Obligación para otros (por ejemplo, el art. 17 de la Declaración que dice que “toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente”). En cambio, el Derecho Negativo es aquél que para ser satisfecho requiere una Prohibición para todos (por ejemplo: no matarás, no robarás). Extraído de MasLibertad «http://www.maslibertad.com/Mas-Libertad-Derecho-Positivo-y-Derecho-Negativo_p302.html».

[29] VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Op. Cit. Página 68.

[30] Ibíd. Página 71.

[31] VALCÁRCEL, Amelia; “Vindicación del humanismo. (XV Conferencias Aranguren)”. Op. Cit. Páginas 28.

[32] CORTINA, Adela. ¿Para qué sirve realmente la ética? Barcelona: Paidós, 2013, 184 páginas.

[33] VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Op. Cit. Página 79.

[34] Ibíd. Página 75.

[35] VALCÁRCEL, Amelia; “Vindicación del humanismo. (XV Conferencias Aranguren)”. Op. Cit. Página 43.

[36] Ibíd. Páginas 43-44

[37] VALCÁRCEL, Amelia; Ética para un mundo global. Op. Cit. Páginas 47-48.

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