Uniformes escolares, ¿un tema de debate?

Desde hace ya varios años, el uso del uniforme escolar en los centros educativos ha generado un constante debate entre los diferentes colectivos que componen este entorno. Las opiniones son muy diversas, aunque generalmente no existen razones lo suficientemente claras para favorecer o rechazar su implantación. Generalmente, los colegios privados o concertados siempre han optado por imponerlo como símbolo de estatus, prestigio y sentido de colectividad entre sus alumnos. Sin embargo, opino que esta exigencia absurda entraña efectos negativos con más peso que los positivos, ya que los objetivos que pretenden conseguir no se alcanzan levando una cierta indumentaria, sino ofreciendo una buena educación de calidad a todos los estudiantes.

En primer lugar, se obliga a los niños a llevar una determinada ropa, sin valorar si les gusta. Además, generalmente se impone el pantalón para los chicos y la falda para las chicas, lo que considero muy sexista, por lo que debería ser erradicado. No se valora la comodidad u otros factores que podrían influir en la decisión de llevar una cosa u otra: también la libertad de decisión de los alumnos queda completamente coartada. Personalmente, creo que la ropa es una de las formas más claras y directas que tenemos para mostrar nuestra personalidad y nuestro estado de ánimo. Es cierto que al usarlo se eliminan las diferencias que a simple vista pueden apreciarse sobre la procedencia de los estudiantes o la clase social a la que pertenecen, pero esto evita, a su vez, el enriquecimiento y el aprendizaje que experimentan al estar en contacto con compañeros diferentes a ellos.

En segundo lugar, este tipo de ropa es caro y, por lo general, es aconsejable tener al menos dos uniformes completos para poder lavarlos. No todas las familias pueden permitirse este “lujo”, y menos aún si tienen varios hijos en el mismo colegio. Por este motivo, creo que su implantación podría influir negativamente en la economía doméstica, ya que dedicarían gran parte de sus ingresos a este y otros gastos que supone la escolarización de un hijo (material escolar, libros de texto, etc.) y dejarían de lado otras compras quizá más importantes.

Por estos motivos, considero que regular la forma en la que un niño debe vestirse para ir al colegio no debería ser un tema de discusión, ya que, aunque los motivos en contra no son muy numerosos, sí que afecta a su crecimiento personal y emocional. Además, creo que es fundamental que tanto los padres, como los profesores y el personal administrativo de los centros se movilicen a favor de una educación de calidad para sus hijos y alumnos antes que por temas mucho más banales, como este.

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