La pasión por los libros de Michel de Montaigne

Michel de Montaigne, creador del género ensayístico en pleno siglo XVI, no pasó la oportunidad de escribir en sus famosos Ensayos sobre los libros. A lo largo del capítulo X del Libro II “Los libros”, hace un recorrido por aquellos títulos, autores preferidos y sus gustos y preferencias, que forman parte esencial de su vida y su filosofía. En las páginas que conforman el capítulo, permite que el lector conozca cómo pueden hacer que cambien una vida, la forma de ver y de entender el mundo.

La idea principal que se puede extraer del capítulo es que nuestro escritor es un asiduo lector de los clásicos. A través de las páginas nos va mostrando cómo se sirve de las lecturas, sobre todo de autores de la antigua Roma, para intentar comprender y conocer su propia persona, su propio juicio. Nos encontramos un autor que no duda en opinar de todo, aunque no tenga un amplio conocimiento sobre el tema en cuestión. También destaca su capacidad crítica, no solo hacia otros autores, sino también hacia sí mismo, pues no le importan aceptar y reconocer su propia ignorancia. Prefiere ser sabio en el arte de vivir y morir que no un teórico con un amplio surtido de conocimientos.

El capítulo comienza con un comentario destacable en el que Montaigne nos dice que “esto –el capítulo de los Ensayos– es meramente el ensayo de mis facultades naturales”[1]. Aquí demuestra una vez ese carácter biográfico, vital, que corresponde a toda la exposición que realiza en los Ensayos. Continúa aceptando el límite de la razón que ha descubierto en parte con el escepticismo y que además provoca un autodescubrimiento que se resume en el siguiente fragmento:

Así pues, no garantizo ninguna certeza, salvo dar a conocer hasta dónde llega en este momento lo que conozco.[2]

Montaigne muestra los límites de su propia razón, de su saber. Acepta que no tiene conocimiento exacto sobre las cosas, que todo lo que expresa solo son opiniones. La mayoría de ellas basadas en las lecturas que realiza, sobre todo de los autores clásicos. Ésto lo demuestra en el siguiente extracto:

En efecto, hado decir a los demás, no como guías sino como séquito, lo que yo no puedo decir con tanta precisión, ya sea porque mi lenguaje es débil, ya sea porque lo es mi juicio.[3]

El autor destaca cómo su juicio es limitado, como no puede afirmar más allá de su propio entendimiento, de su propia razón. Esto hace que muchas veces haga los planteamientos de los autores a los que lee suyos propios, aunque bien es cierto que tiene un claro objetivo: prefiere recibir las críticas el mismo. No le importa que pongan en cuestión su exposición, acepta su propia ignorancia.

Con todo esto pretende llegar a tener un mejor juicio, intentar conocer mejor lo que le rodea porque, a veces, vemos las cosas no como son en realidad. Las críticas le permiten conocer otros puntos de vista, llegar más allá de su propio entendimiento. Lo expresa muy bien a continuación:

Porque las faltas escapan a menudo a nuestra mirada, pero la enfermedad del juicio consiste en no poderlas ver cuando otros nos las descubren.[4]

Sigue con una afirmación de la propia ignorancia que nos indica que es una de las mejores pruebas que puede tener nuestro juicio, “[…] el reconocimiento de la ignorancia es una de las más hermosas y seguras pruebas de juicio que encontramos”[5].

Tras exponer su visión acerca del juicio, es cuando comienza plenamente a explicarnos todo acerca de los libros: lo que son para él, por qué lee, cuáles son sus autores preferidos, sus lecturas. Comienza esa parte de su planteamiento con el siguiente fragmento:

En los libros busco solamente deleitarme con una honesta ocupación; o, si estudio, no busco otra cosa que la ciencia que trata del conocimiento de sí mismo y que me enseña a morir bien y a vivir bien.[6]

Este extracto muestra muy bien cuál es el propósito de Montaigne, que no es más que conocerse a sí misma para aprender a vivir y morir correctamente. Puede que otros busquen conocer más, tener más conocimientos sobre cierta cosa, pero nuestro autor no. Prefiere leer para no aburrirse, para pasar el tiempo, para encontrar respuestas a las preguntas que le permitan llevar una vida acorde y que le ayuden a morir.

Así, más adelante nos indica que no le importa empezar un libro pero que, si no le agrada o le parece aburrido, no le preocupa dejarlo inacabado. Es significativo este hecho, pues no quiere perder el tiempo con lecturas pesadas que no le aporten nada.

También expone que prefiere leer los libros antiguos, pues le “parecen más ricos y vigorosos”[7] que los nuevos, de éstos dice que son muy pocos los que aprecia, pero de los que más es el Decámeron de Boccaccio. Es significativo el hecho de que siempre, o casi siempre, acuda a los clásicos para ilustrarse, para conocer y poder expresar su opinión, pues:

Digo libremente mi opinión sobre cualquier cosa, y aun sobre aquella que supera tal vez mi capacidad y que de ninguna manera considero de mi jurisdicción.[8]

Montaigne, por tanto, tiene seguridad en sí mismo, acepta su ignorancia y no tiene reparos en admitirlo, dice lo que piensa cuando lo hace.

Posteriormente distingue entre aquellas lecturas por placer y las que le sirven para orientarse en el arte de vivir que, al fin y al cabo, es lo que busca en el propio acto de leer. Así, entre los autores que le permiten deleitarse tenemos a Virgilio, cuyas Geórgicas son una de sus obras favoritas, Horacio, Latulo, Terencio o Lucano. De las segundas, nos dice que dos autores que le ayudan en su camino diario son Plutarco y Séneca.

Estos dos autores tienen opiniones útiles y verdaderas, le ayudan a ordenar sus opiniones y costumbres y expone que las obras que más le favorecen son los Opúsculos de Plutarco y las Cartas de Séneca. Esto es así, porque “enseñan la crema de la filosofía, y la exponen de una manera simple y pertinente”[9]. De estos escritores clásicos dice:

Las opiniones de Plutarco son más platónicas, suaves y acomodables a la sociedad civil; las del otro –refiriéndose a Séneca– son estoicas y epicúreas, más alejadas de la práctica común, pero, a mi entender, más ventajosas para un particular, y más firmes…[10]

Aquí vemos cómo cada autor le permite acercarse por un lado a los demás y, por otro, a sí mismo. Plutarco le sirve para dirigirse al resto de la sociedad mientras que Séneca le ayuda a conocerse a sí mismo.

El siguiente autor al que se refiere es Cicerón, del cual expone que las obras que más le gustan son las de carácter filosófico, concretamente aquellas que tienen relación con la moral. Sin embargo, dice que su escritura es aburrida. Critica que no exponga directamente los contenidos principales y que se tome demasiados rodeos para plantear las cosas. Así aprovecha también para criticar los diálogos de Platón, a los que tacha de cansinos en su mayoría[11].

A continuación, comienza a exponer su opinión acerca de los historiadores. Afirma que son lo que mejor se le da, son amenos y fáciles. Defiende que deberían existir más Diógenes Laercio[12] que permitan conocer la historia desde los autores. Así no le importa hojear libros viejos o nuevos, nacionales o extranjeros, pues en temas de historia la variedad le permite aprender más. Uno de los personajes que más le atrae es Julio César al que dedica algunas páginas.

Afirma que después de leer apunta sus opiniones en las propias páginas de los libros. Esto le sirve para que, pasados unos años, pueda llegar a contrastar sus propias opiniones. Llega a citar algunos fragmentos y los comenta; por ejemplo, uno referido a la Storia d’Italia de Francesco Guicciardini[13].

En definitiva, en este capítulo de sus Ensayos Montaigne empieza haciendo un juicio de la razón y de sí mismo para continuar exponiendo su opinión acerca de los libros y sus autores. Nos descubre sus lecturas y escritores favoritos, y a los que aborrece por ser más pesados. Distingue entre el placer y el estudio, entre el no aburrimiento y el aprendizaje de vivir y saber morir.

Notas

[1] MONTAIGNE, Michel de. Ensayos. Barcelona: Acantilado, 2007, p. 585.

[2] Ibid., p. 585.

[3] Ibid., p. 586.

[4] Ibid., p. 587.

[5] Ibid., p. 587.

[6] Ibid., p. 587.

[7] Ibid., p. 588.

[8] Ibid., p. 589.

[9] Ibid., p. 593-594.

[10] Ibid., p. 594.

[11] Ibid., p. 595.

[12] Ibid., p. 598.

[13] Ibid., p. 602.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s