2019

Estamos inmersos en un periodo de reflexión. Volveremos el próximo año con nuevo contenido.

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¿Fracasar? Sí (Parte 2)

Hace unas semanas hablábamos del fracaso y cómo encontramos dos visiones del mismo, una anglosajona y otra continental. Hoy, siguiendo el hilo argumental de la obra Las virtudes del fracaso, continuamos analizando el fracaso desde otros puntos de vista no tradicionales.

Uno de los aspectos que se trata en la obra es cómo el fracaso permite conocer la humildad, volver a ella cuando se ha perdido, además de permitir un nuevo comienzo:

La palabra humildad viene del latín humulitas, derivado de humus, que significa “tierra”. Fracasar es a menudo “volver a bajar a la tierra”, dejar de tomarse uno por Dios o por un ser superior, curarse de la fantasía infantil de omnipotencia que nos lleva a menudo a estrellarnos contra la pared. Es retomar contacto, aprender de nuevo a mirarse como uno es, con realismo, lo cual puede ser una sólida baza en la construcción de una existencia bien cosnseguida.

Para ilustrar esta enseñanza que ofrece el fracaso, el autor no duda en recurrir a un ejemplo por casi todos conocidos: el fracaso de Steve Jobs y su despido de Apple en su primera etapa en la compañía tras su fundación.

Gracias a ese despido, Jobs bajó a la tierra y se liberó hasta tal punto que gracias a ello fundó una nueva empresa dedicada a la fabricación de software (que posteriormente compró Apple) y adquirió el estudio de producción de dibujos animados Pixar. Según el propio, Steve, en una famosa conferencia impartida en la Universidad de Stanford en 2005: “Aquello me liberó y me permitió entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida… Fue un medicamento horrible, pero creo que el paciente lo necesitaba”.

De igual forma, el autor expone que en el mundo deportivo o artístico, siempre se ha de estar alerta. Cuando siempre se gana o se consigue lo que uno se propone nunca se está listo para un tropiezo o una derrota. Por eso mismo es importante el fracaso, porque nos mantiene con los pies en la tierra y permite “insuflarle nuevamente -al atleta, artista, persona en general- esa chispa de duda sin la cual el talento no puede dar todo su potencial”.

El fracaso permite, por tanto, reencontrarnos con la humildad y con nosotros mismos y, a partir de ahí, crecer y comenzar de nuevo, enfrentarnos a nuevos retos y oportunidades que, sin él, habrían pasado desapercibidas.

El fracaso nos hace humildes y eas humildad es con frecuencia el comienzo del éxito.

¿Fracasar? Sí (parte 1)*

Vivimos en una sociedad donde el fracaso está mal visto, pero ¿y si el fracaso no fuera malo, sino todo lo contrario? Hace unos meses, se publicó la obra del filósofo francés Charles Pepin, Las virtudes del fracaso. En ella, a través de numerosos ejemplos de grandes personalidades como Steve Jobs o Rafael Nadal y basándose, también, en el pensamiento de autores como Freud o Nietzsche, se muestra cómo la sociedad impone que el fracaso es algo que hay que evitar a toda costa por las repercusiones negativas que trae consigo y que todos, en menor o mayor medida, conocemos.

El autor comienza diciendo que existe una visión continental en la que estamos inmersos, frente a una visión anglosajona que se contrapone. En la primera reconoce que, si fracasamos, nuestras oportunidades se reducen, o al menos eso nos hace creer la sociedad. En la segunda, fracasar no significa aparentemente nada, únicamente un mayor grado de experiencia que nos servirá en futuros intentos y momentos de nuestras vidas.

Para ilustrar esta última visión, pone el ejemplo de acceso a los estudios de Medicina de una universidad estadounidense. En ella admiten antes a aquellos alumnos que han intentado antes otra carrera que a los que quieren acceder a una titulación universitaria por primera vez. ¿Por qué? Porque según la universidad, aquellos alumnos que ya han probado con otros estudios y se decantan por estudiar después Medicina tienen realmente claro que eso es lo que quieren, frente a aquellos que se matriculan por primera vez y que, quizá,  terminen abandonando.

Con esto, el autor quiere decir que los aparantes fracasos que pudieran derivarse de no acertar a la primera no son tales, sino que de ellos podemos extraer la enseñanza de que realmente lo que nos gusta es otra cosa. En palabras del filósofo, podemos ilustrar esta idea de la siguiente forma: Vale más un fracaso rápido y rápidamente rectificado que ningún tropiezo. Todo fracaso trae consigo una enseñanza.

 

 

* En sucesivas entradas se seguirá analizando el contenido de la obra.

Derecho al olvido: una aproximación

Contextualización del «derecho al olvido»

En los últimos años ha habido un crecimiento exponencial, como consecuencia del avance de las nuevas tecnologías, a la hora de compartir numerosos datos de carácter personal. Este hecho hace que la intimidad de la persona pueda ser violada y que, por tanto, el art. 18. 4 de la Constitución Española tenga unos ciertos límites, a saber:

[…] la ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor, la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos.[1]

Es decir, el ciudadano tiene el derecho a garantizar y proteger sus datos personales en el mundo digital (redes sociales, motores de búsqueda, noticias, etc.). Sin embargo, para ello no se cuenta con una legislación específica pues la normativa actual en nuestro ordenamiento jurídico queda reflejada en la Ley 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal[2] y en el Real Decreto 1720/2007, de 21 de diciembre, que aprueba el Reglamento de desarrollo de la Ley Orgánica de Protección de Datos[3]. Esta regulación, a partir de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE en adelante), del 13 de mayo de 2014[4], conocida como «Caso Google», hace cada día mayor hincapié en garantizar la protección de datos de los ciudadanos, siempre que se cumplan unas determinadas condiciones o criterios[5], hasta el punto de que las solicitudes por parte de los usuarios en relación al «derecho al olvido» enviadas a un buscador como Google solo en España ascienden a 51656[6] a día 10/12/2016.

A partir de aquí, se puede decir que “en su decisión del 13 de mayo de 2014, el TJUE aclaró la cuestión de la aplicación de la legislación de protección de datos a los motores de búsqueda. Concluyó que los usuarios pueden solicitar a los motores de búsqueda, en determinadas condiciones, que eliminen determinados enlaces a información que afecte a su privacidad de los resultados de búsquedas realizados con su nombre”[7].

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“Trabajo” en Hannah Arendt

Hace unas semanas explicábamos los conceptos de “acción” y “labor” en Hannah Arendt a partir de su famosa obra, La condición humana. Hoy exponemos la segunda actividad que aparece por orden cronológico en la obra: el trabajo. Según la propia autora:

“Trabajo es la actividad que corresponde a lo no natural de la exigencia del hombre, que no está inmerso en el constantemente repetido ciclo vital de la especie, ni cuya mortalidad queda compensada por dicho ciclo. El trabajo proporciona un «artificial» mundo de cosas, claramente distintas de todas las circunstancias naturales. Dentro de sus límites alberga cada una de las vidas individuales, mientras que este mundo sobrevive y trasciende a todas ellas. La condición humana del trabajo es la mundanidad”.[1]

Según esta definición de Arendt el trabajo se encargaría de fabricar productos que pueden llegar a crear un mundo diferente al de la naturaleza. Esto permite que el ser humano llegue a comportarse como un ser creador, que puede hacer y destruir según sus intereses.

Una vez visto esto, podemos entender que la actividad del trabajo permite que el hombre sea capaz de crear objetos a partir de imágenes abstractas. A partir de esta definición se puede entender que el trabajo sería toda aquella actividad que crea utensilios y los utiliza para fabricar otros. Por tanto, se encontrarían dentro del trabajo actividades como la carpintería, la albañilería, etc., todo tipo de actividades que necesitan las manos para producir y crear objetos.

Todo lo anterior hace que su productividad añada nuevos útiles al artificio humano[2]. Es decir, a partir de la fabricación de cosas el hombre crea, añade y mantiene, ese mundo artificial –el artificio humano –que se aleja del natural –del que se encarga la labor–.

Pero para que pueda haber una productividad y, como consecuencia, un artificio humano, debe haber un material sobre el que trabajar. Según palabras de la propia Arendt:

“[…] El propio trabajo siempre requiere entonces algún material sobre el que actuar y que mediante la fabricación, la actividad del homo faber se transformará en un objeto mundano”.[3]

Este proceso de creación a partir de un objeto es lo que permite que se dé la mundanidad, es decir, el artificio humano. Por eso Arendt, según se avanza en el libro, define de nuevo el trabajo:

“El trabajo de nuestras manos, a diferencia del trabajo de nuestros cuerpos – el homo faber que fabrica y literalmente «trabaja sobre» diferenciado del animal laborans que labra y «mezcla con», – fabrica la interminable variedad de cosas cuya suma total constituye el artificio humano”.[4]

Se ve que sólo mediante el trabajo el ser humano, visto como homo faber, puede crear un mundo artificial que se contraponga al natural. Para que esto pueda ser así, Arendt dice que “la guía de fabricación está al margen del fabricante y precede al verdadero proceso del fabricante”.[5]

Esto quiere decir que la imagen del objeto, así como el proceso que se debe seguir para producirlo, es anterior a la propia fabricación. Primero está la idea abstracta y, posteriormente, a través del uso de las manos se trabaja sobre algo para crear lo que previamente estaba en la mente del hombre.

Se puede concluir que el trabajo es la actividad del hombre capaz de crear, que permite que el ser humano construya objetos para formar una vida artificial que se distancie de la naturaleza. Se diferencia de la labor porque no se encarga de satisfacer las necesidades biológicas, sino que satisface otras que a su vez son creadas por él mismo.

Notas

[1] ARENDT, Hannah. La condición humana. Cruz, Manuel (intr.). Barcelona: Paidós, 2005. 368 p. Colección Surcos. Página 35.

[2] Ibid. Página 112.

[3] Ibid. Página 114.

[4] Ibid. Página 165.

[5] Ibid. Página 169.