Volvemos en Septiembre

Tras un periodo de descanso, volveremos en septiembre con nuevos contenidos.

 

Los autores.

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¿Fracasar? Sí (Parte 2)

Hace unas semanas hablábamos del fracaso y cómo encontramos dos visiones del mismo, una anglosajona y otra continental. Hoy, siguiendo el hilo argumental de la obra Las virtudes del fracaso, continuamos analizando el fracaso desde otros puntos de vista no tradicionales.

Uno de los aspectos que se trata en la obra es cómo el fracaso permite conocer la humildad, volver a ella cuando se ha perdido, además de permitir un nuevo comienzo:

La palabra humildad viene del latín humulitas, derivado de humus, que significa “tierra”. Fracasar es a menudo “volver a bajar a la tierra”, dejar de tomarse uno por Dios o por un ser superior, curarse de la fantasía infantil de omnipotencia que nos lleva a menudo a estrellarnos contra la pared. Es retomar contacto, aprender de nuevo a mirarse como uno es, con realismo, lo cual puede ser una sólida baza en la construcción de una existencia bien cosnseguida.

Para ilustrar esta enseñanza que ofrece el fracaso, el autor no duda en recurrir a un ejemplo por casi todos conocidos: el fracaso de Steve Jobs y su despido de Apple en su primera etapa en la compañía tras su fundación.

Gracias a ese despido, Jobs bajó a la tierra y se liberó hasta tal punto que gracias a ello fundó una nueva empresa dedicada a la fabricación de software (que posteriormente compró Apple) y adquirió el estudio de producción de dibujos animados Pixar. Según el propio, Steve, en una famosa conferencia impartida en la Universidad de Stanford en 2005: “Aquello me liberó y me permitió entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida… Fue un medicamento horrible, pero creo que el paciente lo necesitaba”.

De igual forma, el autor expone que en el mundo deportivo o artístico, siempre se ha de estar alerta. Cuando siempre se gana o se consigue lo que uno se propone nunca se está listo para un tropiezo o una derrota. Por eso mismo es importante el fracaso, porque nos mantiene con los pies en la tierra y permite “insuflarle nuevamente -al atleta, artista, persona en general- esa chispa de duda sin la cual el talento no puede dar todo su potencial”.

El fracaso permite, por tanto, reencontrarnos con la humildad y con nosotros mismos y, a partir de ahí, crecer y comenzar de nuevo, enfrentarnos a nuevos retos y oportunidades que, sin él, habrían pasado desapercibidas.

El fracaso nos hace humildes y eas humildad es con frecuencia el comienzo del éxito.

¿Fracasar? Sí (parte 1)*

Vivimos en una sociedad donde el fracaso está mal visto, pero ¿y si el fracaso no fuera malo, sino todo lo contrario? Hace unos meses, se publicó la obra del filósofo francés Charles Pepin, Las virtudes del fracaso. En ella, a través de numerosos ejemplos de grandes personalidades como Steve Jobs o Rafael Nadal y basándose, también, en el pensamiento de autores como Freud o Nietzsche, se muestra cómo la sociedad impone que el fracaso es algo que hay que evitar a toda costa por las repercusiones negativas que trae consigo y que todos, en menor o mayor medida, conocemos.

El autor comienza diciendo que existe una visión continental en la que estamos inmersos, frente a una visión anglosajona que se contrapone. En la primera reconoce que, si fracasamos, nuestras oportunidades se reducen, o al menos eso nos hace creer la sociedad. En la segunda, fracasar no significa aparentemente nada, únicamente un mayor grado de experiencia que nos servirá en futuros intentos y momentos de nuestras vidas.

Para ilustrar esta última visión, pone el ejemplo de acceso a los estudios de Medicina de una universidad estadounidense. En ella admiten antes a aquellos alumnos que han intentado antes otra carrera que a los que quieren acceder a una titulación universitaria por primera vez. ¿Por qué? Porque según la universidad, aquellos alumnos que ya han probado con otros estudios y se decantan por estudiar después Medicina tienen realmente claro que eso es lo que quieren, frente a aquellos que se matriculan por primera vez y que, quizá,  terminen abandonando.

Con esto, el autor quiere decir que los aparantes fracasos que pudieran derivarse de no acertar a la primera no son tales, sino que de ellos podemos extraer la enseñanza de que realmente lo que nos gusta es otra cosa. En palabras del filósofo, podemos ilustrar esta idea de la siguiente forma: Vale más un fracaso rápido y rápidamente rectificado que ningún tropiezo. Todo fracaso trae consigo una enseñanza.

 

 

* En sucesivas entradas se seguirá analizando el contenido de la obra.

Compra y posesión de armas en Estados Unidos

El derecho a la posesión de armas es aquel que refleja el derecho a la tenencia, uso y transporte de armas, ya sea para bienes defensivos, deportivos, para escolta o para cualquier otro uso, siempre que no se perjudiquen otras actividades legales. Generalmente, este derecho se asocia con los Estados Unidos, un país donde la tenencia de armas tiene muy pocas o escasas regulaciones legislativas. En este país, casi a diario, mueren personas por su uso. ¿Debería, por tanto, limitarse o controlarse su utilización? Y, por otro lado, ¿podría ser este conflicto exclusivo de la sociedad americana o también podría ocurrir en otros sitios? ¿Existe el poder en estas situaciones?

En base a este derecho fundamental de las personas, podría deducirse que este conflicto sería posible en cualquier lugar, siempre que hubiera un motivo para que el poseedor del arma la usara con estos fines. Mayoritariamente, en Estados Unidos, se utilizan contra el colectivo afroamericano o en institutos de educación secundaria, tal como se observa frecuentemente en las noticias. Si estos sentimientos no se canalizan ni se controlan y llegan a la radicalización, podrían llegar a producirse conflictos graves. Es el caso de aquellas organizaciones que se encargan de captar jóvenes en riesgo de exclusión social o débiles (psicológicamente hablando, ya sea por problemas familiares, en los centros educativos, en su entorno social, etc.). Sin embargo, lo más llamativo de estos casos es que casi la totalidad de los crímenes los cometen menores de edad. Como ya se ha explicado, en este país no existe un control estricto sobre la tenencia de armas en casa, por lo que muchos de estos jóvenes tienen acceso a ellas a través de padres, familiares o, incluso, por ellos mismos, ya que no es raro encontrar casos en los que las familias deciden regalarlas en cumpleaños o fiestas de graduación.

En la actualidad, están surgiendo muchos movimientos ciudadanos que piden la restricción en la tenencia y uso de armas, pues el país está registrando en este 2018 los peores datos de su historia en cuanto a asesinatos con armas de fuego (casi 2000 personas en lo que va de año). Sin embargo, Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos, no está muy a favor de esta propuesta, pues únicamente ha hablado “de lo mucho que lamenta las muertes de estas personas”, pero nunca de una política firme ante el problema. No hay que olvidar que en este país se venden más de siete millones de armas al año, lo que hace que haya más armas que habitantes.

Por otro lado, esta situación no podría tener lugar en España o en otros países europeos tan fácilmente, ya que, en primer lugar, una persona menor de edad tiene prohibida la compra de estos artefactos. Por otro lado, no es tan común que los padres o las familias tengan armas en casa y, de ser así, su uso no está tan regulado o normalizado.

Para concluir, podríamos decir que la solución a estos conflictos pasaría, en primer lugar, por la regularización de la tenencia y el uso de armas. Posteriormente, sería importante educar principalmente a los jóvenes en la igualdad y el diálogo y no en la violencia, la superioridad, la exaltación y la radicalización de lo propio o la persuasión. Sin embargo, este cambio sería difícil en sociedades como la americana, donde resaltan valores como el patriotismo y la defensa de lo propio. La resolución no pasaría únicamente por educar a las nuevas generaciones, sino por reeducar a las más mayores y, sin ninguna duda, esto es algo mucho más complicado.

Derecho al olvido: una aproximación

Contextualización del «derecho al olvido»

En los últimos años ha habido un crecimiento exponencial, como consecuencia del avance de las nuevas tecnologías, a la hora de compartir numerosos datos de carácter personal. Este hecho hace que la intimidad de la persona pueda ser violada y que, por tanto, el art. 18. 4 de la Constitución Española tenga unos ciertos límites, a saber:

[…] la ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor, la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos.[1]

Es decir, el ciudadano tiene el derecho a garantizar y proteger sus datos personales en el mundo digital (redes sociales, motores de búsqueda, noticias, etc.). Sin embargo, para ello no se cuenta con una legislación específica pues la normativa actual en nuestro ordenamiento jurídico queda reflejada en la Ley 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal[2] y en el Real Decreto 1720/2007, de 21 de diciembre, que aprueba el Reglamento de desarrollo de la Ley Orgánica de Protección de Datos[3]. Esta regulación, a partir de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE en adelante), del 13 de mayo de 2014[4], conocida como «Caso Google», hace cada día mayor hincapié en garantizar la protección de datos de los ciudadanos, siempre que se cumplan unas determinadas condiciones o criterios[5], hasta el punto de que las solicitudes por parte de los usuarios en relación al «derecho al olvido» enviadas a un buscador como Google solo en España ascienden a 51656[6] a día 10/12/2016.

A partir de aquí, se puede decir que “en su decisión del 13 de mayo de 2014, el TJUE aclaró la cuestión de la aplicación de la legislación de protección de datos a los motores de búsqueda. Concluyó que los usuarios pueden solicitar a los motores de búsqueda, en determinadas condiciones, que eliminen determinados enlaces a información que afecte a su privacidad de los resultados de búsquedas realizados con su nombre”[7].

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