¿Fracasar? Sí (parte 1)*

Vivimos en una sociedad donde el fracaso está mal visto, pero ¿y si el fracaso no fuera malo, sino todo lo contrario? Hace unos meses, se publicó la obra del filósofo francés Charles Pepin, Las virtudes del fracaso. En ella, a través de numerosos ejemplos de grandes personalidades como Steve Jobs o Rafael Nadal y basándose, también, en el pensamiento de autores como Freud o Nietzsche, se muestra cómo la sociedad impone que el fracaso es algo que hay que evitar a toda costa por las repercusiones negativas que trae consigo y que todos, en menor o mayor medida, conocemos.

El autor comienza diciendo que existe una visión continental en la que estamos inmersos, frente a una visión anglosajona que se contrapone. En la primera reconoce que, si fracasamos, nuestras oportunidades se reducen, o al menos eso nos hace creer la sociedad. En la segunda, fracasar no significa aparentemente nada, únicamente un mayor grado de experiencia que nos servirá en futuros intentos y momentos de nuestras vidas.

Para ilustrar esta última visión, pone el ejemplo de acceso a los estudios de Medicina de una universidad estadounidense. En ella admiten antes a aquellos alumnos que han intentado antes otra carrera que a los que quieren acceder a una titulación universitaria por primera vez. ¿Por qué? Porque según la universidad, aquellos alumnos que ya han probado con otros estudios y se decantan por estudiar después Medicina tienen realmente claro que eso es lo que quieren, frente a aquellos que se matriculan por primera vez y que, quizá,  terminen abandonando.

Con esto, el autor quiere decir que los aparantes fracasos que pudieran derivarse de no acertar a la primera no son tales, sino que de ellos podemos extraer la enseñanza de que realmente lo que nos gusta es otra cosa. En palabras del filósofo, podemos ilustrar esta idea de la siguiente forma: Vale más un fracaso rápido y rápidamente rectificado que ningún tropiezo. Todo fracaso trae consigo una enseñanza.

 

 

* En sucesivas entradas se seguirá analizando el contenido de la obra.
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Violencia machista

La violencia machista es, en mi opinión, el mal de las sociedades del siglo XXI. A diario vemos noticias en los medios de comunicación que hacen referencia a cómo las mujeres somos víctimas de maltrato, vejaciones y desigualdades ante las que nadie (o casi nadie) decide actuar. No solo hablamos de agresiones, sino también de diferencias salariales o laborales. En estas situaciones, ser mujer parece más una lacra que un orgullo, y esto es culpa, en gran parte, del ambiente en el que vivimos.

Por un lado, considero que es importante destacar que la violencia machista no solo hace referencia a las agresiones físicas como tal, sino también al maltrato psicológico que las féminas sufren. En mi opinión, las peleas son muy graves, pero el daño psicológico puede ser aún peor, ya que las que lo sufren viven con miedo el resto de sus vidas y nunca acaban de superarlo por completo. Es cierto que todo es un largo proceso (suele empezar por el control o la privación de la libertad hasta llegar a los golpes), pero detenerlo a tiempo puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Por este motivo, creo que es necesario concienciarlas de que denunciar no es nada malo, así como mostrarles que van a estar apoyadas por profesionales durante todo el proceso

Por otro lado, me parece absurdo que nosotras tengamos que denominar “situaciones de riesgo” a acciones tan cotidianas como coger el transporte público, volver solas a casa o caminar sin compañía en zonas poco concurridas. Opino que es imprescindible que nos sintamos a salvo en cualquier circunstancia, y eso se consigue gracias a la colaboración de todos. No es necesario ver a una mujer como débil cuando está sola, sino al contrario: pienso que hay que ser muy valiente para enfrentarse a esto sabiendo el riesgo que entraña.

En conclusión, creo que hay que erradicar la violencia machista, tanto en España como en el resto del mundo. Personalmente, opino que el problema está en la educación que se nos da (tanto a hombres como a mujeres) sobre que somos “el sexo débil” o el utilitarismo al que “podemos ser sometidas” sin que los agresores sean castigados en muchos casos. Es cierto que estas ideas están muy arraigadas, pero considero que es fundamental que cambien, al igual que la sociedad lo hará. Asimismo, pienso que es necesario concienciar a todo el mundo de que el caso contrario también existe: los hombres pueden sufrir por este mismo motivo y sus casos tienen menos visibilidad (e incluso menos credibilidad) en los medios.

Uniformes escolares, ¿un tema de debate?

Desde hace ya varios años, el uso del uniforme escolar en los centros educativos ha generado un constante debate entre los diferentes colectivos que componen este entorno. Las opiniones son muy diversas, aunque generalmente no existen razones lo suficientemente claras para favorecer o rechazar su implantación. Generalmente, los colegios privados o concertados siempre han optado por imponerlo como símbolo de estatus, prestigio y sentido de colectividad entre sus alumnos. Sin embargo, opino que esta exigencia absurda entraña efectos negativos con más peso que los positivos, ya que los objetivos que pretenden conseguir no se alcanzan levando una cierta indumentaria, sino ofreciendo una buena educación de calidad a todos los estudiantes.

En primer lugar, se obliga a los niños a llevar una determinada ropa, sin valorar si les gusta. Además, generalmente se impone el pantalón para los chicos y la falda para las chicas, lo que considero muy sexista, por lo que debería ser erradicado. No se valora la comodidad u otros factores que podrían influir en la decisión de llevar una cosa u otra: también la libertad de decisión de los alumnos queda completamente coartada. Personalmente, creo que la ropa es una de las formas más claras y directas que tenemos para mostrar nuestra personalidad y nuestro estado de ánimo. Es cierto que al usarlo se eliminan las diferencias que a simple vista pueden apreciarse sobre la procedencia de los estudiantes o la clase social a la que pertenecen, pero esto evita, a su vez, el enriquecimiento y el aprendizaje que experimentan al estar en contacto con compañeros diferentes a ellos.

En segundo lugar, este tipo de ropa es caro y, por lo general, es aconsejable tener al menos dos uniformes completos para poder lavarlos. No todas las familias pueden permitirse este “lujo”, y menos aún si tienen varios hijos en el mismo colegio. Por este motivo, creo que su implantación podría influir negativamente en la economía doméstica, ya que dedicarían gran parte de sus ingresos a este y otros gastos que supone la escolarización de un hijo (material escolar, libros de texto, etc.) y dejarían de lado otras compras quizá más importantes.

Por estos motivos, considero que regular la forma en la que un niño debe vestirse para ir al colegio no debería ser un tema de discusión, ya que, aunque los motivos en contra no son muy numerosos, sí que afecta a su crecimiento personal y emocional. Además, creo que es fundamental que tanto los padres, como los profesores y el personal administrativo de los centros se movilicen a favor de una educación de calidad para sus hijos y alumnos antes que por temas mucho más banales, como este.

¿Muertas o asesinadas?

Desgraciadamente, cada día son más las mujeres asesinadas por sus parejas, ex-parejas, amigos o compañeros en nuestro país. Quizá deberíamos plantearnos, en primer lugar, si los métodos de tramitación de denuncias, las medidas cautelares de protección de víctimas o la identificación de casos falsos son los apropiados, pero no es este el tema en el que nos centraremos hoy. Queremos hacer hincapié en los numerosos titulares de prensa  que en muchas ocasiones indican: “aparece otra mujer muerta y ya son X en lo que va de año”. ¿Por qué utilizan el adjetivo “muerta”, si en realidad deberían decir “asesinadas”?

Podemos pararnos a analizar estos dos adjetivos según la definición que la RAE ofrece de ellos:

MUERTO, A:

1. adj. Que está sin vida. Apl. a pers., u. t. c. s.

ASESINAR:

1. tr. Matar a alguien con alevosía, ensañamiento o por una recompensa.

En muchas ocasiones, los usos que ofrece la RAE no se adaptan al uso real que hacen las personas de una palabra, pero creo que este no es el caso. Opino que todos los periodistas, redactores y demás informadores deberían conocer el sentido de todo aquello que dicen, ya que pueden proporcionar informaciones equívocas o falsas, como en este tipo de noticias. Es un tema que para nuestra sociedad es una lacra, por lo que no debería existir ningún engaño o desinformación al respecto. Es un problema que debe combatirse de raíz, sin tapujos o excusas, sin atender a comentarios que claman que “las mujeres que son agredidas se lo merecían”, “algo habría hecho” o similares. Nadie merece ser víctima de la violencia de ningún tipo, ya que en ningún caso está justificada, y menos aún llegar a morir por esta razón. También es importante centrarnos en la educación que reciben los más pequeños, ya que cada vez aparecen casos de violencia a edades más tempranas. Si estos comportamientos no se erradican lo más pronto posible, en el futuro podrán tener consecuencias peores.

Somos productos de las reformas educativas

El Gobierno quiere jóvenes preparados, que estudien y se formen en España para después trabajar aquí, insiste constantemente en la creación de empleo, en la cantidad de oportunidades que nos ofrecen y en los beneficios de los que disfrutaremos quedándonos. Sin embargo, la realidad es otra complemente distinta. Cada vez más, la conocida como “fuga de cerebros” invade nuestra realidad, pero ¿por qué?

En comparación con los demás países de la UE, España está a la cola de las listas en cuanto a la educación. Experimentamos una reforma educativa cada legislatura o incluso cada menos, continuamente nos enfrentamos a debates sobre la forma de enseñar, los deberes, los horarios, los uniformes, los libros o los precios que hay que pagar para recibir una enseñanza básica. Muchos de nosotros nos preguntamos, ¿sería tan disparatado pensar en una comisión de educación formada por dirigentes de todos los partidos para acabar con tanto vaivén?

Además, los alumnos comienzan los cursos más decisivos de su vida (como, por ejemplo, segundo de bachillerato) sin saber qué tendrán que hacer después para poder continuar su vida académica. Es el caso que vivimos ahora: a menos de tres meses de las pruebas de acceso a la universidad, los alumnos acaban de conocer qué deberán hacer. ¿Es esto justo? En mi opinión, no. Los futuros profesionales del país no dispondrán del mismo tiempo que tuvimos los demás para preparar estos exámenes tan importantes y decisivos.

Quizá por todos estos motivos llega nuestra desmotivación. Parece que juegan con nosotros, con nuestras decisiones y con nuestro futuro. Quieren alumnos preparados, pero son conscientes de que las facilidades que ofrecen no son las más adecuadas para ello, aunque prefieren ignorarlo. Considero que los Gobiernos deberían ofrecer siempre oportunidades para todos aquellos que realmente quieren formarse en  lo que les gusta. Muchas veces hemos oído que los presupuestos para becas son muy reducidos. ¿Y los gastos ridículos que se hacen en otros aspectos? ¿No sería mejor invertir en la educación de los jóvenes?