Precepto de Platón para gobernar

Administrar un estado actualmente puede llegar a ser una actividad que puede suscitar numerosos comportamientos recelosos por parte del ciudadano elector hacia el gobernante. Esto puede ser debido, en gran medida, al considerable número de casos de corrupción que día tras día salen a la luz pública en los diferentes medios de comunicación. ¿Cómo se podría acabar con esta desconfianza? Una de las formas, basado en uno de los preceptos platónicos recogidos por Cicerón en su Tratado de los deberes, consistiría en “velar por el interés de los ciudadanos, de suerte que toda su actividad sea informada por la atención a ese interés, olvidando el miedo y las ventajas propios” (BONETE PERALES, 2014).

Casi todo el mundo estaría de acuerdo en reconocer que la práctica política debería consistir en administrar la comunidad –ya sea a nivel local, regional o nacional– pensando en el interés de los ciudadanos y no en el propio. Sin embargo, desde hace años los gobernantes han olvidado que su cargo consiste precisamente en eso e intentan sacar provecho de todo aquello que su alta posición les permite: contratan empresas afines a sus ideologías que luego, en la mayoría de ocasiones, prestan un servicio deficitario y no satisfactorio para la ciudadanía, reciben comisiones por contratos que muchas veces son firmados sin haberlos sacado a concurso público, etc.

Es un hecho, por tanto, que, con el paso de los años, este comportamiento ha ido ensombreciendo el mundo de la política; sin embargo, recientemente, los ciudadanos han empezado a manifestar su descontento. Para ello han empezado a salir a la calle, llevando acciones reivindicativas como protestas, asambleas e incluso huelgas, con el objetivo de que los gobernantes dejen atrás esa época en la que velaban más por el bien propio para centrarse en el bien común y que el régimen sea recto y justo, como bien defiende Aristóteles en el libro III de la Política. Quizá ese recelo del que se hablaba al comienzo del texto sea el origen de un cambio político que tenga un único objetivo: gobernar por y para el interés de los habitantes de la comunidad. No obstante, la lucha llevará tiempo y debe ser constante para que los cambios introducidos poco a poco puedan ser satisfactorios y logren el objetivo marcado.

Bibliografía

BONETE PERALES, Enrique. Poder político: límites y corrupción. Madrid: Cátedra, 2014.

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Esbozo del poder político y sus límites

Si entendemos el poder político como una actividad legítima ejercida por determinados individuos cuyo objetivo es gobernar una sociedad, aquélla ha de tener ciertos límites, que cualquier sujeto deberá aceptar en un acto de empatía hacia el resto de sus conciudadanos. Ese margen que no podrá exceder el gobernante estará basado, principalmente desde mi punto de vista, en dos materias clave: el derecho y la ética.

Por un lado, el derecho, a partir de las diferentes leyes, establece una serie de límites comunes que todo ciudadano que forme parte de la comunidad debe cumplir, si no quiere ser sancionado a través de los numerosos procesos que existan en dicha legislación. Sería, por tanto, un límite objetivo que no depende del propio sujeto, sino que es superior a éste. Por otro, la ética tendría un papel destacado en establecer los límites del poder político en el sujeto que lo ejerce. Es decir, a diferencia del papel llevado a cabo por el derecho, que establece unos límites legislativos que obligan al sujeto a comportarse dentro de unas reglas, la ética marca las normas que parten del propio sujeto, de forma autónoma. Sería, por tanto, una limitación subjetiva.

Si entramos más detalladamente en el límite del poder político desde el ámbito ético, y remitiéndonos al acto de empatía antes citado, aquél tendría un peso más determinante que la propia legislación. El individuo, a partir de su propia autonomía, se autoimpone una serie de valores y reglas morales que debe cumplir por sí mismo. Por ejemplo, en la ética kantiana el imperativo categórico establece: “obra de tal forma que la máxima que guía tus acciones pueda convertirse en ley universal” y “trata a los demás, y a ti mismo, no como meros medios, sino como fines en sí mismo”. Solo en el supuesto donde los valores individuales vayan en contra del acto de empatía, el derecho tendría mayor peso para mantener los límites del poder político y no traspasarlos.