Ética y democracia: Búsqueda de un lenguaje común para la dignidad humana

Introducción

En un mundo globalizado como el actual, en el que vivimos, hace falta una ética global que haga de la vida humana una existencia digna. Esto es lo que defiende en términos generales la filósofa española Amelia Valcárcel en su libro Ética para un mundo global. Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo. A través de las siguientes páginas se muestra este planteamiento y se explica en qué consiste. Para ello, la exposición se centra, fundamentalmente, en los argumentos recogidos en dos capítulos: “II. Derechos Humanos: la tabla de mínimos” y “III. Moral y cultura de la democracia o la democracia como pedagogía”. Además, se realizan numerosas referencias a otras obras de la propia autora y de otros filósofos para completar el contenido.

Para Valcárcel términos como el de “tolerancia” o el de “compasión” serán fundamentales a la hora de desarrollar su argumento que girará, principalmente, en torno a la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la defensa de una sociedad democrática. Nos encontraremos respuestas a preguntas como, por ejemplo, ¿por qué es necesario una ética global? ¿Por qué la democracia garantizaría una ética global? ¿Qué es para la autora una democracia? Todas ellas permitirán al lector acercarse al objetivo de la exposición: ver la ética y la democracia como un lenguaje común que garantice la dignidad humana.

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La desobediencia civil como garante del contrato social y la justicia: una visión a partir de John Rawls

John Rawls en “La justificación de la desobediencia civil”, que se encuentra dentro de la compilación Justicia como equidad, fundamenta la desobediencia civil dentro de un régimen democrático constitucional con el fin de mostrar qué condiciones tendría que seguir el ciudadano a la hora de oponerse de forma adecuada a la autoridad que se ha establecido legalmente en la sociedad. Para mostrarnos todo lo anterior, primero expone cómo surge dicha sociedad siguiendo la tradición contractualista de autores como Hobbes, Locke o Rousseau aunque plantea su propia doctrina del contrato social.

Al igual que sus antecesores en la corriente contractualista, Rawls expone una hipotética posición original donde “las personas tienen iguales poderes y derechos”[1], la misma libertad. Este hecho permitiría a todos aquellos que se encuentren en dicha situación imaginaria establecer los arreglos sociales –las instituciones– y los principios de justicia que asignan y aseguran los derechos y libertades. A partir de ahí, según el autor, todos los acuerdos entre los hombres serán considerados justos o injustos según estén o no establecidos en relación con los principios elegidos en la posición original. Todo esto nos proporciona una base satisfactoria a la hora de establecernos en sociedad. La pregunta que podríamos hacernos es ¿qué garantiza que lleguemos a un acuerdo –establecer el contrato social– en ese supuesto?

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