Ética y democracia: Búsqueda de un lenguaje común para la dignidad humana

Introducción

En un mundo globalizado como el actual, en el que vivimos, hace falta una ética global que haga de la vida humana una existencia digna. Esto es lo que defiende en términos generales la filósofa española Amelia Valcárcel en su libro Ética para un mundo global. Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo. A través de las siguientes páginas se muestra este planteamiento y se explica en qué consiste. Para ello, la exposición se centra, fundamentalmente, en los argumentos recogidos en dos capítulos: “II. Derechos Humanos: la tabla de mínimos” y “III. Moral y cultura de la democracia o la democracia como pedagogía”. Además, se realizan numerosas referencias a otras obras de la propia autora y de otros filósofos para completar el contenido.

Para Valcárcel términos como el de “tolerancia” o el de “compasión” serán fundamentales a la hora de desarrollar su argumento que girará, principalmente, en torno a la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la defensa de una sociedad democrática. Nos encontraremos respuestas a preguntas como, por ejemplo, ¿por qué es necesario una ética global? ¿Por qué la democracia garantizaría una ética global? ¿Qué es para la autora una democracia? Todas ellas permitirán al lector acercarse al objetivo de la exposición: ver la ética y la democracia como un lenguaje común que garantice la dignidad humana.

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Propuestas y consejos para el 20-D

A continuación se encuentran una serie de propuestas y consejos de cara a las elecciones del próximo domingo basadas en mis lecturas más recientes.

La  justicia de la constitución no asegura la justicia de las leyes estatuidas bajo ella; y aunque a menudo tenemos tanto una obligación como un deber de observar lo legislado por la mayoría (en la medida en que ellos no sobrepase ciertos límites), no hay, por supuesto, una obligación o un deber correspondiente de considerar justo aquello que la mayoría estatuye. El derecho a hacer leyes no garantiza que la decisión se tomará rectamente; y aunque el ciudadano se someta en su conducta al juicio de la autoridad democrática, no somete su juicio a ella. Y si a su juicio lo establecido por la mayoría sobrepasa ciertos límites de injusticia, el ciudadano puede pensar en la desobediencia.

John Rawls, Justicia como equidad, p. 162.

El ciudadano es responsable de lo que hace. […] En una sociedad democrática cada cual tiene que actuar tal como cree que se lo exigen los principios de lo recto en materia política.

John Rawls, Op. Cit., p. 169.

Como solía decir Studs Terkel, el reputado especialista en historia oral: «La esperanza nunca ha venido de arriba, siempre ha surgido de la base».

Naomi Klein, No Logo, p. 18.

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Poder político: cómo evitar la corrupción

Al hablar del poder político, actualmente, los ciudadanos tienen en mente una pregunta: ¿por qué hay corrupción en la esfera en la que no debiera haber? Es decir, ¿por qué el gobernante tiende a velar por sus propios intereses cuando administra una sociedad y no se preocupa de aquello que más beneficia a los componentes de la misma? Todo esto, a su vez, nos puede suscitar varias cuestiones: ¿el hombre –en este caso el político en cuestión– se pervierte al llegar al poder? ¿Es el ser humano por sí mismo, por naturaleza, depravado? Dependiendo de cómo respondamos, el papel que juegue la ética –al fin y al cabo, y desde mi punto de vista, la política tiene una relación estrecha con los valores morales– será uno u otro. A continuación me centraré en responder de forma afirmativa ambos interrogantes y en ver cómo se podría solucionar el problema que se plantea.

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