La muerte en la filosofía: una mirada a partir de Epicuro

Muerte. Cuando pensamos o reflexionamos sobre ella podemos hacerlo desde muchas vertientes: biológica, médica, religiosa, ética, etc., pero también desde la filosofía. Son muchos los autores que a lo largo de la historia han reflexionado sobre ella en sus obras. Uno ellos es Epicuro, que en su Carta a Meneceo reflexiona sobre la muerte. Las palabras de Epicuro son las siguientes:

Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolo que pueda causarle en el momento que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehúye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras las invoca para remedio de las desgracias de esta vida.[1]

Además de este fragmento, Epicuro en una de sus Máximas capitales expone:

II. La muerte no tiene ninguna relación con nosotros, pues lo que se ha disuelto no tiene capacidad de sentir, y lo que es insensible no significa nada para nosotros.[2]

A lo largo de las líneas anteriores encontramos una argumentación sobre la muerte que no acostumbramos a tener presente en nuestra sociedad. Epicuro reflexiona sobre el papel de la muerte y nos dice que no tiene importancia ya que, en un mundo donde lo más importante son las sensaciones no tiene sentido que nos preocupemos por algo que no sentimos, pues, cuando ella está presente, nosotros no y, por tanto, no la sentimos.

[1] EPICURO. (2005). Obras. Madrid: Tecnos, p. 59-60.

[2] Ibid., p. 68.

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“El nombre de la rosa”, de Umberto Eco

ECO, Umberto. El nombre de la rosa [Il nome della rosa]. Traducción: Ricardo Pochtar. 1ª edición. Barcelona: RBA, 1992. 477 p. ISBN 84-473-0000-5. Incluye introducción, nota preliminar, prólogo e ilustraciones.

El nombre de la rosa, publicado por primera vez en 1980, se puede considerar la obra más famosa del filósofo y escritor italiano Umberto Eco (1932-2016), autor también de El péndulo de Foucault o Baudolino, entre otras. El libro, publicado en más de treinta y cinco países y ganador de premios como el Strega italiano en 1981, puede considerarse de género novelístico si bien su contenido se enmarcaría más concretamente dentro de la historia, la filosofía y el género policiaco. Debido a la gran fama que obtuvo desde su lanzamiento, fue llevada al cine por el director francés Jean-Jacques Annaud (1943) en 1986, siendo sus protagonistas Sean Connery (1930), como el franciscano Guillermo de Baskerville, y Christian Slater (1969), en el papel de Adso de Melk.

Con el fin de incitar al lector a descubrir los secretos que guarda en su interior, Eco basa esta obra en un manuscrito de un monje llamado Adso que se encarga de narrar todos los acontecimientos. Estaríamos, por tanto, ante un manuscrito apócrifo que el autor ha completado.

El contenido de la obra está estructurado por capítulos que se corresponden a los diferentes días que pasan los dos protagonistas, Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, en una abadía del norte de Italia perteneciente a la orden benedictina. Cada uno de estos apartados está dividido a su vez en las horas correspondientes a los oficios que se llevaban a cabo en los monasterios y abadías de la Edad Media. En ese sentido, para que el lector tenga claro a qué horas de luz se corresponden cada uno de los oficios, Eco hace una relación en una nota preliminar. A partir de aquí, uno de los protagonistas, Adso, narra los acontecimientos de la novela desde los instantes previos a la llegada a la abadía cuya localización exacta no queda reflejada.

Entre los acontecimientos más destacados y dejando a un lado el argumento narrado que sirve de enlace, encontramos también los filosóficos, los religiosos y los históricos. Para ello, además, Eco se ayuda de grandes descripciones como las que desarrolla para presentar al lector lugares como la propia abadía o la biblioteca, sin olvidar la detallada explicación que realiza del frontón de la iglesia capaz de dejar a Adso hipnotizado.

Entre los temas filosóficos, destacan los argumentos en relación a la distinción entre los universales y los particulares que tan en boga estuvieron entre los pensadores medievales como Abelardo o Anselmo de Canterbury. También encontramos referencia a la lógica y a los silogismos, al método científico junto al deductivismo, al debate sobre la belleza o los argumentos en favor y en contra de la risa entre Jorge y Guillermo. Para dar cuenta de todos estos temas, Eco no duda en apoyarse en grandes pensadores de la historia de la filosofía como Aristóteles, Ockham o Aquino, siendo el primero, junto a su obra Poética, el que más protagonismo tendrá en la narración. En relación a todos los argumentos filosóficos utilizados por Eco para dar mayor trasfondo a la obra, se encuentra algunos de los acontecimientos históricos más importantes de la Edad Media como son las luchas papales y entre el papa y los partidarios del emperador del Sacro Imperio.

Por ejemplo, respecto a la belleza encontramos que ésta depende de tres cosas: “en primer lugar, de la integridad o perfección, y por eso consideramos lo feo lo que está incompleto; luego, de la justa proporción, o sea de la consonancia; por último, de la claridad y la luz, y, en efecto, decimos que son bellas las cosas de colores nítidos” (ECO 1992).

Asimismo, y relacionado con las luchas internas de la Iglesia católica, están muy presente en la obra las persecuciones por parte del Santo Oficio hacia los movimientos heréticos. Un caso concreto es el de Ubertino, el cillero Berengario y Salvatore, que fueron juzgados en la propia abadía por la Inquisición. Este hecho, además, se puede vincular con la censura de la época donde el conocimiento, tal como se ve a lo largo de la novela, estaba reservado, mayoritariamente, a una casta determinada como es la de los monjes y, en este caso concreto, a los pertenecientes a la abadía benedictina que sigue las reglas dictadas por San Benito.

Además, también, el argumento principal está relacionado con todos los contenidos anteriores, pues el secreto que se quiere guardar con gran recelo atañe a uno de los principales filósofos de la historia y a una de sus obras, jamás encontrada, que Eco utiliza como herramienta para desarrollar toda la narración. En este sentido, tanto la filosofía como la historia o la censura, tienen un vínculo común que es lo que narra el propio Adso durante todo el desarrollo de la novela.

Por último, en relación al contenido, el final de la obra recuerda al de Auto de fe de Elias Canetti, tal como recoge Báez en su Historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak, ya que uno de los protagonistas tiene el mismo destino, aunque se trate de un personaje secundario y tenga un papel relevante en la sombra hasta que se descubre su secreto.

La obra nos permite acercarnos a estas temáticas de una forma amena y clara por su contenido, si bien algunos términos o posturas quizá sean difíciles de entender al principio por parte del lector. Permite una primera aproximación a los diferentes temas filosóficos e históricos ayudando, en definitiva, a que quien lea el libro pueda desarrollar su propio pensamiento al respecto. Asimismo, el contenido de la obra se puede entender como una crítica a la censura que ejerció la Iglesia católica durante gran parte de la historia y, más concretamente, en la época medieval al ser la guardiana de la mayoría del saber, alejándolo del público general. En relación también con la Iglesia católica encontramos una reprobación indirecta a la actuación del Santo Oficio, capaz de juzgar a las personas donde quisieran utilizando para ello medios a veces inapropiados que hacían que cualquiera, para evitar un mayor sufrimiento, aceptara los cargos que se le imputaban a pesar de que en muchos casos no eran quienes los habían llevado a cabo. Sin embargo, todas estas políticas a veces perjudican más que favorecen. El caso más concreto nos lo encontramos en el final donde la destrucción total se hace presente, donde el recelo con el que se custodian algunos de los tesoros más ricos de la humanidad se vuelve insignificante.

No obstante, a pesar de que la obra logra aportar en términos generales al lector no solo conocimiento sino una lectura amena y una aventura donde el género policiaco está presente a través de las investigaciones y pesquisas de los dos protagonistas, cuenta con un detalle el particular que, a veces, perjudica al lector. Eco, a lo largo del libro, introduce numerosas oraciones en latín en boca de los personajes haciendo que parte de los lectores desconocedores de esta lengua no puedan entender qué se dice en esas partes. Ante este problema, considero que sería útil anotar a pie de página una traducción de dichos fragmentos con el fin de facilitar su lectura.

En definitiva, El nombre de la rosa, de lectura amena, nos permite descubrir una época de la historia que a menudo es tachada de oscura pero que, sin embargo, pudo llegar a ser apasionante por todos los hechos que sucedieron. Eco es capaz de fundir realidad con ficción haciendo que el lector logre introducirse en la propia historia desde el primer momento como si estuviera siendo partícipe de la misma visión que tienen los protagonistas de todo lo que sucede en la abadía. Respecto a esto, a pesar de la buena crítica que recibió la película, la novela logra que sus lectores vivan la aventura por completo gracias a sus detalladas descripciones.

Referencias bibliográficas

BÁEZ, Fernando. Historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak. 1ª edición. Barcelona: Destino, 2004. ISBN 84-233-3956-8. 386 p. Incluye fotografías.

ECO, Umberto. El nombre de la rosa [Il nome della rosa]. Traducción: Ricardo Pochtar. 1ª edición. Barcelona: RBA, 1992. 477 p. ISBN 84-473-0000-5. Incluye introducción, nota preliminar, prólogo e ilustraciones.

El nombre de la rosa (Der Name der Rose) [película]. Dirigida por Jean-Jacques ANNAUD, guion de Andrew BIRKIN, Gérard BRACH, Howard FRANKLIN, Alain GODARD. Alemania del Oeste (RFA): Neue Constantin Film, Zweites Deutsches Fernsehen (ZDF), Cristaldifilm, Radiotelevisione Italiana, Les Films Ariane, France 3 Cinéma, 1986.

Religión en Karl Marx: de la alienación a la emancipación

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo,

pero de lo que se trata es de transformarlo.

Karl Marx, tesis XI de Tesis sobre Feuerbach.

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Introducción

La religión está presente en nuestro día a día como algo inherente en nuestra forma de sociedad. Sin embargo, son muy pocos los autores que se han planteado un estudio sobre la religión intentando descubrir todo aquello que se esconde tras esa creencia en una o varias divinidades. Marx, a pesar de ser considerado como un autor propiamente social, económico y político, es uno de esos filósofos que se preocupó por destapar el entramado religioso, concretamente de la religión cristiana, que, según sus propios planteamientos, introduce al hombre en un estado de miseria que más que redimirlo de sus posibles culpas lo condena en un mundo plenamente alienado.

Para exponer el planteamiento en torno a la religión en la filosofía marxiana, tras desarrollar una breve nota biográfica del autor, se divide la exposición en tres apartados principales: ¿Religión en Marx?, Religión como producto de la alienación humana y Emancipación del hombre: de la emancipación política a la emancipación humana. En la primera de ellas se responde a la cuestión afirmativamente con la pretensión de no caer en el tópico de que la religión es el opio del pueblo. En la segunda se establece la relación existente entre la religión y la alienación del hombre que existe en la sociedad burguesa y capitalista de la época y que viene a confirmar, a su vez, la unión entre los diferentes ámbitos de la realidad como pueden ser la religión, la economía y la política. En la tercera parte, se trata de solventar el problema de la religión a través de la emancipación del hombre, para Marx solo ésta es capaz de acabar con toda religión. Finalmente, se encuentra una conclusión con todos aquellos argumentos que resumirían la problemática religiosa en la obra marxiana.

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