Mujeres en ciencia: ¿invisibilidad? El caso de Rosalind Franklin

Introducción

¿Cuántas mujeres que hayan desarrollado un papel destacado en el ámbito científico son conocidas? Si esta pregunta se realizara a un público general, estoy seguro que muy pocos sabrían decir, al menos, un solo nombre de una mujer científica. La invisibilidad de la mujer en la ciencia está ahí, es un hecho.

¿Qué factores podemos encontrarnos que justifiquen y ayuden a entender esta invisibilidad de la mujer en ciencia? Tenemos factores como el techo de cristal, el machismo o la discriminación territorial y jerárquica, entre otros. Para exponer cómo la mujer ha sido discriminada a lo largo de la historia; a continuación, se describe el caso de Rosalind Franklin, siendo uno de los más polémicos por los argumentos que defienden que no hubo discriminación y por aquellos que tachan la postura mantenida por la comunidad científica como excluyente, llegando a olvidar la figura de Franklin durante décadas.

Determined from the age of twelve to become a scientist, Rosalind Franklin knew she came from, under what straints she laboured and where she wantes to go. From childhood, she strove to reconcile her privileges with her goals. She did not find life easy – as a woman, as a Jew, as a scientist. Many of those close to her did not find her easy either. The measure of her success lies in the strength of her friendships the devotion of her colleagues, the vitality of her letters and a legacy of Discovery that would do credit to a scientific career twices its lenght.[1]

Invisibilidad de la mujer en ciencia

Los estudios de género en relación con la ciencia se enmarcan dentro de los estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) y tienen como uno de los objetivos rescatar el papel de las mujeres en la ciencia que, por unos motivos u otros, han sido ocultadas y, en muchos casos, también infravaloradas dentro de una tradición hegemónica y primordialmente patriarcal.

Ante casos concretos que sacaban a la luz importantes sesgos de género, autoras como PÉREZ SADEÑO y GONZÁLEZ GARCÍA han contribuido a la recuperación de muchos de esos sucesos. Estas autoras, señalan que “los enfoques feministas –dentro de la ciencia– analizarán los sesgos sexistas y androcéntricos en el propio contenido de las ciencias y los significados sexuales en el lenguaje y la práctica de la investigación científica”[2]. Estos estudios parten de la discusión en torno al escaso reconocimiento de las mujeres en ciencia para ascender hasta “cuestiones de trascendencia epistemológica, es decir, sobre la posibilidad y justificación del conocimiento y el papel del sujeto cognoscente”[3].

Exponen que han sido muchas las mujeres rescatas del olvido, pero critican, a su vez, que, aunque la mujer sea admitida en la actividad científica, en cuanto dicha actividad se empieza a institucionalizar el papel de la mujer comienza a ser cada vez menos relevante, hasta el punto de desaparecer, casi por completo, en los grupos más altos del escalafón científico. Por ejemplo, llegan a citar el caso de Rosalind Franklin, que se estudiará a continuación, y la repercusión que tuvo la recuperación de su figura tras ser una científica ridiculizada por sus propios compañeros en el estudio del ADN y olvidada debido a su temprana muerte.

De esta forma, se muestra, tal como recoge PEREZ SADEÑO[4], que

si examinamos la historia de la humanidad en sus diversas facetas, veremos que la mujer, en especial como grupo, raras veces aparece como protagonista. Desde luego, mi opinión es que tal afirmación no se corresponde con los hechos, sino que es una distorsión histórica. No hay que olvidar los sesgos habituales que padecen los historiadores: sus explicaciones o interpretaciones han de pasar por el matiz de lo que el paso del tiempo ha permitido que les llegara y por el de quién decidió escribir o anotar qué cosas, son la subjetividad que eso conlleva. A todo ello hay que añadirle el hecho de que los historiadores han sido, por abrumadora mayoría, hombres, por lo que, en cierto sentido, la historia es masculina.[5]

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