Redes sociales: ¿hacia dónde vamos?

George Orwell en su famosa obra 1984, publicada en 1949, ya imaginó un mundo en el que existía una tecnología capaz de escuchar y ver a todos los miembros pertenecientes a una sociedad. Estos aparatos, llamados telepantallas, eran los ojos y los oídos del Partido. Gracias a ellos, los gobernantes eran capaces de conocer qué hacían cada uno de los miembros que formaban la sociedad que sustentaba al poder y que estaba controlado por él, por el Partido y por el Hermano Mayor o Gran Hermano.

En aquella sociedad distópica donde todo estaba bajo control, desde la vida de los miembros del Partido hasta la prole más ajena a éste, no había resquicio alguno para la improvisación, para la imaginación o el disfrute. Todo era observado, nada se dejaba al azar.

Han pasado casi 70 años desde que se publicara la obra y cada vez más aquella sociedad distópica se está convirtiendo en una realidad. No es porque un Partido controle todos -o casi todos- los movimientos de la sociedad, que a veces también ocurre así, sino porque nosotros mismos nos estamos convirtiendo en nuestro propio Hermano Mayor o Gran Hermano. Las nuevas tecnologías de la información, donde encontramos las redes sociales, están provocando que no haya lugar para la improvisación, la imaginación o el disfrute, propiamente dichos. Caemos presos de sus opciones de compartir nuestra vida en cada momento ya sea publicando imágenes, diciendo dónde estamos o compartiendo vídeos en directo.

Esta nueva forma de comunicación totalmente transparente que no deja espacio para la imaginación o la simple intuición, que acaba con toda duda sobre la otra persona, mostrándola desnuda, está provocando, cada vez más, que nos expongamos como un objeto más en un mundo donde todo adquiere un valor, ya sea económico o no. Está provocando que nuestra vida solo adquiera sentido si la compartimos con el resto de la sociedad, no la disfrutamos sino que vivimos experiencias compartidas, enlatadas en una red social que impiden disfrutar de los momentos efímeros y que son realmente vida. Somos publicidad, objetos publicitarios, que nos mostramos al mundo.

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Foto: Boston Globe

Ahora cabe preguntarse si realmente queremos seguir viviendo una vida-objeto en un mundo totalmente publicitario donde nosotros somos un anuncio más. ¿Hacia dónde vamos utilizando las redes sociales?


Lecturas recomendadas:

Han, Byung-Chul. (2013). La sociedad de la transparencia. Barcelona: Herder Editorial.

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Los vestigios de Grecia

¿Qué nos ha dejado como legado la antigua Grecia? ¿En qué aspectos podemos encontrar restos de esta civilización? A veces, pasan desapercibidas ante nuestros ojos. Estamos acostumbrados a ver ciertos monumentos o a escuchar algunas palabras sin pararnos a pensar dónde tienen su origen. Y lo cierto es que, muchas de ellas, tienen un principio común: Grecia.

En arquitectura, ¿quién no ha admirad la belleza de la Acrópolis de Atenas, el Partenón o el Templo de Zeus? Estas obras, tras miles de años, aún siguen en pie. Esto nos da una muestra de la grandeza de sus construcciones, un fiel reflejo de la solidez de la sociedad que las construyó. Además, también aportan importantes datos sobre sus costumbres o sus importantes avances en ciencia. ¿Cómo es posible que, hace tantos siglos, sin tantos avances en la construcción, pudieran erigir monumentos tan resistentes al paso del tiempo? A ellos les debemos también la invención de los capiteles de columnas dóricas, jónicas y corintias. También, en los grandes palacios atenienses, se han encontrado frescos que reflejan el día a día de los ciudadanos y, en la actualidad, aún podemos contemplar esculturas como el David de Miguel Ángel o el Discóbolo de Mirón, ambos basados en el canon de belleza griega.

En política, le debemos a Grecia el origen de la democracia tal como la conocemos hoy. En el siglo V a.C, esta era la forma de gobierno que se utilizaba en Atenas y otras polis. La palabra “democracia” proviene de ‘demos’ (en griego δῆμος), que significa ‘pueblo’ y krátos (en griego κράτος), que significa ‘poder’. De aquí deducimos, pues, que la democracia es aquella forma de gobierno cuyo poder reside en el pueblo. También relacionado con política, encontramos otras formas de gobierno que se acuñaron en esta época y cuya denominación se mantiene aún en la actualidad, aunque en ocasiones el sentido que se les ha dado haya variado: monarquía (de μόνος ‘uno’ y de ἀρχός ‘líder’, es decir, un sólo líder), aristocracia (de ἀριστός ‘mejor’ y de κράτος, ‘poder’, es decir, el poder de los mejores) u oligarquía (de ὀλίγος ‘pocos’ y de ἀρχός ‘líder’, es decir, pocos líderes). También podemos añadir términos como “ostracismo” (procedente de ὄστρακον ‘concha’ por ser el lugar donde se escribían los nombres en esta práctica) o la misma palabra “política”, que proviene de πολιτικος, referente a la pólis, al ordenamiento de la ciudad.

En nuestra lengua (y otras muchas), la sociedad griega ha hecho importantes aportaciones. Es cierto que muchas palabras provienen anteriormente del latín, pero muchos términos médicos y de las ciencias tienen su origen en Grecia. Es el caso de biología (de βίoς, ‘vida’ y λόγος, ‘estudio’), de fonética (de φωνή, ‘sonido’) o de técnica (de τέχνη, ‘arte’). También ha aportado sufijos del tipo τέτρα (“tetra-“, cuatro) o ἑξά (hexa-“, seis).

Por último, en cuanto al aporte a la cultura y al pensamiento, encontramos, por un lado, a grandes filósofos de la antigüedad, como Platón y Aristóteles, cuyas ideas y pensamientos persisten hoy en día. Además, gran parte de los orígenes del teatro está en esta civilización. Gracias a las fiestas que realizaban en honor al dios Baco (el dios del vino y de las fiestas), surgieron las tragedias. Podemos destacar a Sófocles, el autor de Edipo Rey, o a Eurípides. Es fundamental también destacar a personajes como Pitágoras en el ámbito de las matemáticas, o a Hipócrates, quien aseguró que las enfermedades eran producto de afecciones del cuerpo y no magia, como se creía. De esta forma, surgió la medicina. En historia, Heródoto y Tucídides empezaron a considerar la historia como algo de lo que aprender y no como un simple relato para ensalzar un pueblo. En deporte, destaca la creación de los Juegos Olímpicos, de los que aún disfrutamos en la actualidad.

 

El derecho del ciudadano a comprender… también lo jurídico

Esta semana se está celebrando en la Universidad de Salamanca el VII Seminario de Traducción Jurídica e Institucional para OO.II. (Organismos Internacionales). Por esta razón, como miembros de la facultad donde se está llevando a cabo, decidimos asistir a algunas de las charlas y talleres. En esta entrada expondremos un breve resumen de la mesa redonda celebrada el día 20 de marzo de 2017. Fue moderada por la profesora Cristina Valderrey (perteneciente al grupo de investigación Tradop, de la USAL) y en la que participaron el catedrático de la lengua española Julio Borrego, el magistrado José Ramón González Clavijo (Presidente de la Audiencia Provincial de Salamanca), Elisabete Simpson, trabajadora de la Dirección General de Traducción en la Comisión Europea y Maria Da Graça Peres, del Banco Central Europeo.

A modo de introducción, la profesora Cristina Valderrey expuso que, tradicionalmente, lo jurídico siempre ha sido difícil de comprender para los ciudadanos corrientes.  Esto se debe a que los expertos en este campo utilizan constantemente tecnicismos y formulismos. Además, es importante destacar que la dificultad de comprensión que entrañan estos textos se debe en gran parte a la sintaxis compleja que los caracteriza.  Influye también la longitud de los textos, en ocasiones mal puntuados o sin puntuación alguna que delimite las frases y los párrafos. Aparecen oraciones carentes de todos los complementos exigidos, con muchos incisos o con tiempos verbales ya en desuso, lo que tampoco facilita la comprensión.

Durante el desarrollo de esta mesa redonda, surgieron varios debates muy interesantes: ¿hemos olvidado realmente cuál es el objetivo por y para el cual se creó el Derecho? ¿se puede sacar tanto beneficio de algo que debería favorecer a toda la comunidad? ¿es justo que no todo el mundo pueda acceder a una justicia de la misma calidad y características? ¿podría juzgarse a las personas que hacen uso de un lenguaje complejo para confundir a los implicados en un proceso? En mi opinión, creo que aún quedan pocas personas dispuestas a luchar por la plena igualdad jurídica, ya que los altos cargos que desempeñan estos trabajos prefieren, en muchas ocasiones, no involucrarse al cien por cien en todos los detalles de un caso, sino que aplican la ley sin miramientos. Esto es un arma de doble filo, ya que debemos comprender que es así como se debe actuar, aunque considero que en algunos casos sería necesario aplicar otros criterios (siempre complementarios a las leyes y nunca por encima de ellas) que rozaran más lo humano y menos lo legislativo.

Como conclusión, todos los participantes coincidieron en que el lenguaje jurídico debe ser claro y conciso para que los ciudadanos puedan entenderlo y acceder a él. De esta forma, podrán saber bajo qué legislaciones se encuentran, qué normas deben cumplir y qué castigos pueden recibir si no lo hacen. De igual manera, es importante conocer a qué procesos nos van a someter y en qué condiciones, ya que esto determinará el tipo de juicio o defensa que vamos a tener. Personalmente, creo que este es uno de los temas más obscuros para cualquier ciudadano no especializado en la materia y considero que es importante que haya más formación al respecto. Además, es importante valorar y tener en cuenta las múltiples propuestas que se han hecho (y se siguen haciendo) desde los organismos jurídicos, ya que muchas de ellas son de mejora y han sido rechazadas por “complejas” o “irrealizables”. Es cierto que a veces vemos el Derecho como algo “aburrido”, pero esto se debe, en gran medida, a las muchas y muy extensas leyes a las que hay que enfrentarse, siendo muchas de ellas incomprensibles. Sin embargo, pienso que esto puede solucionarse con estudio, dedicación y horas de trabajo y análisis de las leyes tanto de nuestro país como a nivel europeo.

“Las reglas del método sociológico”, de E. Durkheim

DURKHEIM, E., Las reglas del método sociológico. México D. F.: FCE, 1986.

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Introducción a Émile Durkheim y su contexto[1]

Émile Durkheim nace en Épinal un 15 de abril de 1858 en el seno de una familia judía donde existían antepasados rabinos. Tras una infancia en la que se vio reprimido debido a una concepción de la vida seria y austera influida por sus progenitores, ingresa en la Escuela Normal Superior en 1879, tras dos intentos fallidos. En esta institución de enseñanza, que se podría tachar de internado de intelectuales, rompe definitivamente con el judaísmo debido a la íntima amistad mantenida, entre otros, con J. Jaurés y Henri Bergson. Durante sus enseñanzas aprendió que la filosofía debe acabar en una práctica política y social, y comprendió –debido a la influencia del historiador Fustel de Coulanges– que el rigor en el método de análisis de las ciencias tiene que ser un deber moral[2]. Tras su paso por la Escuela Normal Superior, obtiene la agregaduría en 1882.

En 1887 se casa con Louise Dreyfus –con la que tendrá dos hijos: Marie y Anduve– y se muda a Burdeos. En esta ciudad estará durante quince años, siendo éstos los más productivos y durante los cuales escribirá obras como La división del trabajo (1893), Las reglas del método sociológico (1895) y El suicidio (1897). Durante estos años impartirá numerosas conferencias que serán consideradas de una claridad insuperable y numerosos cursos públicos sobre ciencias sociales donde expondrá sus ideas fundamentales y su desarrollo y el pensamiento de autores como Aristóteles y Hobbes.

Tras su estancia en Burdeos, se traslada a París en 1902 donde fundará la revista L’Année Sociologique y donde comenzará a impartir clases en la Universidad de la Sorbona. Allí convivirá con la sociología –aún no separada de la filosofía– popular de Europa y EE. UU. que tiene como autor principal a Herbet Spencer –considerado en Francia como el descendiente de Comte– y a sus obras The study of sociology y The principles of sociology. Como referencia académica, frente a este planteamiento de una sociología más sistemática, defenderá –hasta el día de su muerte en noviembre de 1917– que la sociología debía ser una ciencia autónoma, independiente, de la filosofía. De esta forma, en Las reglas del método sociológico expone su propio método, sus reglas y el propio objeto de estudio, de conocimiento, de esta nueva ciencia. Desde entonces será considerado, junto a Karl Marx y Max Weber, como uno de los fundadores principales de la sociología.

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Esbozo del poder político y sus límites

Si entendemos el poder político como una actividad legítima ejercida por determinados individuos cuyo objetivo es gobernar una sociedad, aquélla ha de tener ciertos límites, que cualquier sujeto deberá aceptar en un acto de empatía hacia el resto de sus conciudadanos. Ese margen que no podrá exceder el gobernante estará basado, principalmente desde mi punto de vista, en dos materias clave: el derecho y la ética.

Por un lado, el derecho, a partir de las diferentes leyes, establece una serie de límites comunes que todo ciudadano que forme parte de la comunidad debe cumplir, si no quiere ser sancionado a través de los numerosos procesos que existan en dicha legislación. Sería, por tanto, un límite objetivo que no depende del propio sujeto, sino que es superior a éste. Por otro, la ética tendría un papel destacado en establecer los límites del poder político en el sujeto que lo ejerce. Es decir, a diferencia del papel llevado a cabo por el derecho, que establece unos límites legislativos que obligan al sujeto a comportarse dentro de unas reglas, la ética marca las normas que parten del propio sujeto, de forma autónoma. Sería, por tanto, una limitación subjetiva.

Si entramos más detalladamente en el límite del poder político desde el ámbito ético, y remitiéndonos al acto de empatía antes citado, aquél tendría un peso más determinante que la propia legislación. El individuo, a partir de su propia autonomía, se autoimpone una serie de valores y reglas morales que debe cumplir por sí mismo. Por ejemplo, en la ética kantiana el imperativo categórico establece: “obra de tal forma que la máxima que guía tus acciones pueda convertirse en ley universal” y “trata a los demás, y a ti mismo, no como meros medios, sino como fines en sí mismo”. Solo en el supuesto donde los valores individuales vayan en contra del acto de empatía, el derecho tendría mayor peso para mantener los límites del poder político y no traspasarlos.