Derecho al olvido: una aproximación

Contextualización del «derecho al olvido»

En los últimos años ha habido un crecimiento exponencial, como consecuencia del avance de las nuevas tecnologías, a la hora de compartir numerosos datos de carácter personal. Este hecho hace que la intimidad de la persona pueda ser violada y que, por tanto, el art. 18. 4 de la Constitución Española tenga unos ciertos límites, a saber:

[…] la ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor, la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos.[1]

Es decir, el ciudadano tiene el derecho a garantizar y proteger sus datos personales en el mundo digital (redes sociales, motores de búsqueda, noticias, etc.). Sin embargo, para ello no se cuenta con una legislación específica pues la normativa actual en nuestro ordenamiento jurídico queda reflejada en la Ley 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal[2] y en el Real Decreto 1720/2007, de 21 de diciembre, que aprueba el Reglamento de desarrollo de la Ley Orgánica de Protección de Datos[3]. Esta regulación, a partir de la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE en adelante), del 13 de mayo de 2014[4], conocida como «Caso Google», hace cada día mayor hincapié en garantizar la protección de datos de los ciudadanos, siempre que se cumplan unas determinadas condiciones o criterios[5], hasta el punto de que las solicitudes por parte de los usuarios en relación al «derecho al olvido» enviadas a un buscador como Google solo en España ascienden a 51656[6] a día 10/12/2016.

A partir de aquí, se puede decir que “en su decisión del 13 de mayo de 2014, el TJUE aclaró la cuestión de la aplicación de la legislación de protección de datos a los motores de búsqueda. Concluyó que los usuarios pueden solicitar a los motores de búsqueda, en determinadas condiciones, que eliminen determinados enlaces a información que afecte a su privacidad de los resultados de búsquedas realizados con su nombre”[7].

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Redes sociales: ¿hacia dónde vamos?

George Orwell en su famosa obra 1984, publicada en 1949, ya imaginó un mundo en el que existía una tecnología capaz de escuchar y ver a todos los miembros pertenecientes a una sociedad. Estos aparatos, llamados telepantallas, eran los ojos y los oídos del Partido. Gracias a ellos, los gobernantes eran capaces de conocer qué hacían cada uno de los miembros que formaban la sociedad que sustentaba al poder y que estaba controlado por él, por el Partido y por el Hermano Mayor o Gran Hermano.

En aquella sociedad distópica donde todo estaba bajo control, desde la vida de los miembros del Partido hasta la prole más ajena a éste, no había resquicio alguno para la improvisación, para la imaginación o el disfrute. Todo era observado, nada se dejaba al azar.

Han pasado casi 70 años desde que se publicara la obra y cada vez más aquella sociedad distópica se está convirtiendo en una realidad. No es porque un Partido controle todos -o casi todos- los movimientos de la sociedad, que a veces también ocurre así, sino porque nosotros mismos nos estamos convirtiendo en nuestro propio Hermano Mayor o Gran Hermano. Las nuevas tecnologías de la información, donde encontramos las redes sociales, están provocando que no haya lugar para la improvisación, la imaginación o el disfrute, propiamente dichos. Caemos presos de sus opciones de compartir nuestra vida en cada momento ya sea publicando imágenes, diciendo dónde estamos o compartiendo vídeos en directo.

Esta nueva forma de comunicación totalmente transparente que no deja espacio para la imaginación o la simple intuición, que acaba con toda duda sobre la otra persona, mostrándola desnuda, está provocando, cada vez más, que nos expongamos como un objeto más en un mundo donde todo adquiere un valor, ya sea económico o no. Está provocando que nuestra vida solo adquiera sentido si la compartimos con el resto de la sociedad, no la disfrutamos sino que vivimos experiencias compartidas, enlatadas en una red social que impiden disfrutar de los momentos efímeros y que son realmente vida. Somos publicidad, objetos publicitarios, que nos mostramos al mundo.

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Foto: Boston Globe

Ahora cabe preguntarse si realmente queremos seguir viviendo una vida-objeto en un mundo totalmente publicitario donde nosotros somos un anuncio más. ¿Hacia dónde vamos utilizando las redes sociales?


Lecturas recomendadas:

Han, Byung-Chul. (2013). La sociedad de la transparencia. Barcelona: Herder Editorial.