Totalitarismo: una visión arendtiana

¿Por qué estudió Arendt el fenómeno del ‘totalitarismo’?

Los orígenes del totalitarismo (1951) fue la primera gran obra publicada por Hannah Arendt. En ella expone aquellas corrientes que propiciaron la llegada del movimiento totalitario en los regímenes nacionalsocialista y estalinista. Para ello dividió la obra en tres partes: antisemitismo, imperialismo y totalitarismo. En cada una de ellas analiza los hechos más destacados, desde el origen del odio a los judíos –en la primera– hasta los rasgos característicos del sistema totalitario –en la tercera– pasando por un examen de los rasgos de los imperialismos de finales del siglo XIX y principios del XX –en la segunda.

A pesar de ver la luz a principios de la década de los años 50, ya en 1944/45 tenía pensado tratar el tema del ‘totalitarismo’ como demuestra un esbozo del libro titulado Los elementos de la vergüenza: antisemitismo, imperialismo, racismo; cuyas dos primeras partes estarán concluidas un año más tarde. No será hasta 1948/49 cuando decida cambiar el título de la tercera parte y nombrarla tal como se recoge en la edición de 1951.

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Hannah Arendt expone en Los orígenes del totalitarismo que una de las características más importantes del movimiento totalitario es su organización basada en: líder, formaciones de élite, afiliados y simpatizantes. Estos tres últimos elementos son los que permitirían, en último término, mantener el poder del líder:

Sin la división organizativa del movimiento en formaciones de élite, afiliados y simpatizantes, las mentiras del jefe no operarían.[1]

Hitler, tal como recoge la autora, fue el primero que dividió a los adeptos enmarcados dentro de las masas en afiliados y simpatizantes[2]. Con este propósito pretendía incrementar la cuantía de sus seguidores, pero garantizando que el número de los miembros pertenecientes al partido fuera limitado. De esta forma, los simpatizantes protegían a los afiliados a través de la formación de una organización frontal. Es decir, éstas –las organizaciones frontales– “rodean a los afiliados al movimiento como una muralla protectora que les separa del mundo normal exterior; al mismo tiempo, constituyen un puente hacia la normalidad”[3]. A su vez, dentro de esta estructura, los simpatizantes normalizan la ideología totalitaria a través de una propaganda suave, camuflada con mentiras, que, al final, hacen que los elementos totalitarios sean “difícilmente reconocibles como tales”[4]. Arendt incluso llega a decir que “el único grupo del que se supone que cree leal y textualmente en las palabras del jefe es el de los simpatizantes, cuya confianza rodea al movimiento con una atmósfera de honradez y de calidez y ayuda al jefe a cumplir la mitad de su tarea, es decir, a inspirar confianza en el movimiento. Los miembros del partido nunca creen en las declaraciones públicas, ni se supone que han de creer en ellas, pero se sienten halagados por la propaganda totalitaria como poseedores de una inteligencia superior que, aparentemente, les distingue del mundo exterior no totalitario, el cual, a su vez, sólo conoce la anormal credulidad de  los simpatizantes”[5].

A partir de este planteamiento arendtiano, se puede observar que la división existente entre los partidos democráticos actuales sigue siendo la que ya planteó Hitler en su partido. Se continúa manteniendo la distinción entre militantes o afiliados y los simpatizantes, siendo el único componente rechazado el referido a las formaciones de élite dependientes del propio partido. La figura del líder persiste bajo el título de ‘presidente del partido’ y éste se rodea, al igual que Hitler o Stalin, de cargos como el de secretario, tesorero, los diferentes presidentes de las divisiones territoriales del partido, etc.

A su vez, tanto afiliados como simpatizantes siguen ostentando las mismas funciones que desempeñaron en la República de Weimar que permitieron el ascenso del partido nacionalsocialista y la llegada al poder de éste y de Hitler. Los simpatizantes son utilizados como la herramienta propagandística más eficaz y, tal como se puede observar en los tiempos actuales, sigue siéndolo:

El resultado de este sistema –dice Arendt– es que la credulidad de los simpatizantes hace las mentiras creíbles al mundo exterior, mientras que, al mismo tiempo, el graduado cinismo de los afiliados y de las formaciones de élite elimina el peligro de que el jefe se vea forzado por el peso de su propia propaganda a hacer realidad sus propias declaraciones y su fingida respetabilidad. Uno de los principales obstáculos con los que ignorando este sistema y por ello confiando en que, por una parte, la verdadera enormidad de las mentiras totalitarias constituiría su ruina y que, por otra, sería posible tomar al líder su palabra y obligarle a cumplirla, fueran cuales fueran sus intenciones originales. Desgraciadamente, el sistema totalitario está inmunizado contra tales consecuencias normales; su ingeniosidad descansa precisamente en la eliminación de esa realidad, que, o bien enmascara al mentiroso, o bien le obliga a hacer real su afirmación.[6]

Esto vendría a demostrar cómo la estructura totalitaria de los partidos tanto nacionalsocialista como bolchevique –Arendt expone que ambos tenían una organización similar– sigue presente hoy en día a pesar de todas las críticas y rechazos que han recibido estos movimientos por todo lo que implican ellos mismos y las consecuencias que se produjeron con su llegada al gobierno de sus respectivos países.

Otra visión que podemos encontrarnos en relación al fenómeno del ‘totalitarismo’ es la expuesta por Žižek en ¿Quién dijo totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el (mal)uso de una noción donde habla de cinco usos que son tachados en la actualidad de totalitarismo[7]. Éste, según el autor, “ha sido una noción ideológica que ha apuntalado la compleja operación de “inhibir los radicales libres”, de garantizar la hegemonía demoliberal; ha permitido descalificar la crítica de la izquierda a la democracia liberal como el revés, el “gemelo” de las dictaduras fascistas de derechas”[8]. Además, defiende que “desde el momento en que uno acepta la noción de “totalitarismo” queda inserto firmemente en el horizonte democrático liberal”[9]:

La afirmación neoliberal de que cualquier proyecto político emancipatorio radical desemboca finalmente en alguna de las versiones de la dominación y el control totalitarios. De esta forma, el liberalismo consigue asociar los nuevos fundamentalismos étnicos[10] y (lo que queda de) los proyectos emancipatorios de la izquierda, como si estas dos realidades estuvieran “íntimamente relacionadas” y fueran dos caras de la misma moneda, ya que ambas aspiran al “control total”.[11]

A partir de lo dicho, el autor esloveno defiende que el planteamiento neoliberal mantenido por la Escuela de Chicago y sus seguidores tacha de movimiento totalitario a todas aquellas corrientes que amparan un giro en las categorías occidentales –en las formas de pensar y actuar. Žižek rechaza que se acote el término de ‘totalitarismo’ en este sentido, siendo éste una noción plenamente ideológica; es decir, el filósofo ataca “el concepto mismo de totalitarismo en la medida que sirve como subterfugio para impedir pensar y atacar”[12]. Más concretamente, “para Žižek la dicotomía entre totalitarismo y democracia liberal, que introduce la propia noción de totalitarismo, tiene que llevarnos a rechazar el uso de este término para abrir la realidad del debate político más allá de esa dicotomía paralizadora para el compromiso radical y efectivo”[13].

La pregunta que cabe hacerse entonces es ¿cómo ha sido posible la utilización del concepto de ‘totalitarismo’ por la corriente neoliberal para tachar de totalitario a todo movimiento ajeno a ella de corte, principalmente, izquierdista? Para Žižek, la respuesta a este uso ideológico del término está en la propia obra arendtiana que ha sido aceptada tanto por la izquierda como por los neoliberales como una autoridad:

Este encubrimiento de Arendt es quizá el signo más claro de la derrota teórica de la izquierda; de que la izquierda ha aceptado las coordenadas centrales de la democracia liberal (“democracia” frente a “totalitarismo”, etc.), y está tratando en este momento de redefinir su (o)posición dentro de este espacio. En consecuencia, lo primero que hay que hacer es quebrantar sin miedo alguno estos tabúes liberales, aun a riesgo de ser acusado de “antidemocrático”, “totalitario”…[14]

Por tanto, de este planteamiento crítico de Žižek se puede extraer que lo que busca el filósofo esloveno es la emancipación intelectual de los individuos, una nueva forma de enfrentarse a la realidad donde las categorías usadas hasta ahora sean refundadas, reinterpretadas, para plantear nuevas relaciones entre los individuos, en sus formas de pensar y de actuar.

Notas:

[1] ARENDT, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza, 2013, p. 524.

[2] Ibíd., p. 503.

[3] Ibíd., p. 504.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd., p. 524.

[6] ARENDT, Hannah, Los orígenes del totalitarismo. Op. Cit., p. 525.

[7] ŽIŽEK, Slavoj. ¿Quién dijo totalitarismo? Cinco intervenciones sobre el (mal)uso de una noción. Valencia: Pre-textos, 2002, (2ª reimpresión, 2015), 304 páginas. pp. 15-16.

[8] ŽIŽEK, Slavoj, Op. Cit., p. 13.

[9] Ibíd.

[10] Recientemente el propio autor ha publicado Islam y modernidad (Herder) donde trata el tema del fundamentalismo islámico a raíz de los últimos ataques terroristas llevados a cabo por los grupos terroristas como el Estado Islámico.

[11] ŽIŽEK, Slavoj, Op. Cit., pp. 15-16

[12] PALOMAR TORRALBO, Agustín. “El totalitarismo en Hannah Arendt: contexto y estructura de Los orígenes del totalitarismo” en El Búho (revista electrónica de la Asociación Andaluza de Filosofía), Época II, Nº 8, (Enero 2011).

[13] Ibíd.

[14] ŽIŽEK, S., Op. Cit., p. 13.